Explore "Paredes, un campesino extremeño" by Patricio Chamizo on Textopian. Read with annotations and highlights.
Antonia, la mujer de Rafael, tenía cuatro años menos que él. Cuando era moza estaba muy bien, era guapilla y hermosota. Un poco simplona, eso sí; pero su simplismo le daba cierto encanto. A mí, particularmente, que siempre tuve que soportar a mi hermana, que para mí, venía para macho, pero en el camino se hizo hembra, me gustaba ese tipo de mujer modosita, calladita, humilde. Pero a mí, no sé por qué fatalidad del destino, siempre me ha tocado bailar con la más fea, cargar con cosas que no me han gustado y verme envuelto en líos que, no solo no deseé, sino que por todos los medios traté de evitar. Eso me ocurrió al elegir novia. Claro, que aquello estaba condicionado por varias cosas: por mi complejo de la pierna y mi amistad con Rafael. Éramos tan amigos, nos gustaba estar siempre tan juntos, que hasta en el noviazgo se buscó la forma de no separarnos. Antonia y mi novia eran amigas y siempre iban juntas. Él se arrimó a Antonia y yo le acompañaba poniéndome al lado de la otra, la que después fue mi novia, pero sin intenciones, entonces, de hacerme novio. Iba con ella por la costumbre.
La costumbre que había en mi pueblo para hacerse novios era un rollo de mucho cuidado. Desde el primer contacto de los jovencitos hasta el día de la boda, se sucedían una serie de acontecimientos, ritos y ceremonias que constituían todo un espectáculo. Un espectáculo idiota, pero espectáculo al fin, en el que de forma directa o indirecta participaba todo el pueblo, pues el cotilleo era el placer morboso que a todos apasionaba. Todo el mundo se enteraba al instante hasta del más leve suceso que le ocurriera a alguien. Y mucho más en los asuntos amorosos.