Explore "Epìsodios de Nochebuena" by Pedro Antonio de Alarcón on Textopian. Read with annotations and highlights.
Empecemos fijando nuestra consideración en los muchachos del barrio de Maravillas, que son los peores o más traviesos de Madrid, al decir de los maestros de escuela. Desde esta mañana están celebrando a su modo el Nacimiento de Nuestro Señor, y toda la inventiva de su religioso entusiasmo se reduce a armar ruido y a [178] guerrear. Vedlos, pues, con sendos tambores al cinto, que abultan más que ellos, y llevando cada cual en la cabeza una gorra de cuartel, procedente de su padre, y que, por ende, simboliza toda nuestra historia contemporánea, dado que habrá sido escondida bajo siete llaves o sacada a relucir de nuevo tantas veces como ha sido armada o desarmada la Milicia Nacional desde 1820. Vedlos, digo, dispuestos a rechazar cualquier invasión de los barrios fronterizos, o sea con la honda a la cintura y los bolsillos llenos de piedras, cual si algún secreto instinto les avisara que el santo y seña de este día es cada uno en su casa, y Dios en la de todos. Vedlos, en fin, montar la guardia en casa del cura, a quien ofrecen sus servicios para solemnizar la Misa del Gallo o la de Los Pastores; recorrer el barrio cantando coplas llenas de requiebros a la Virgen y al Niño Jesús; encender fogatas en medio de las calles luego que oscurece, como llamando a recogerse en sus casas a los vecinos que anden todavía dispersos por Madrid, y contarse alrededor de la lumbre historias de moros y cristianos, martirios y milagros de santos, hazañas de sus mayores en la guerra de la Independencia, cuentos de brujas y de aparecidos y otra porción de cosas muy preferibles a las predicaciones de esos filósofos racionalistas que hace algún tiempo se afanan por civilizar al pueblo, o sea por arrancarle su caudal de creencias, respetos y temores.
Semejante atraso de los niños; su apego a lo tradicional y a lo maravilloso; sus preocupaciones y sus intolerancias; su bárbaro patriotismo y anticuada religiosidad consuelan dulcemente a los hombres que (por pobreza, o demasiada riqueza de espíritu) no se contentan con los goces de esta vida, ni con el conocimiento de nuestro planeta; a los que necesitan más tiempo y más espacio para su alma; a los que echan de menos, en fin, mejores empresas y más altos fines para su actividad y su culto que este maravilloso aprovechamiento de la materia a que se reduce la actual civilización.