La garduña de Sevilla y anzuelo de las bolsas

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En el camino de Málaga encuentran Garay y Rufína á unos ladrones; los escuchan, sin que ellos lo adviertan, el plan de un robo, que debían depositar en un ermitaño; discurre Rufina el robarlo; lo que pone en ejecución, y se queda á vivir en la ermita con el ermitaño Crispín.

A paso caminaban Garay y Rufína por camino desusado: en cuatro noches no durmieron en poblado, temerosos de que no fuesen hallados de la justicia, presumiendo que el ofendido genovés los había de hacer buscar con cuidado; al fin ellos desvanecieron sus diligencias con guardarse en disfrazado traje de ocupar el poblado. Garay acudía á él por lo necesario para sustentarse, y por ser buen tiempo, que era entonces la primavera, dormían en el campo. Llegaron á un bosque una tarde al ponerse el sol, temerosos de que un nublado muy denso no descargase sobre ellos cantidad de agua y piedra, que eso prometía con dilatados truenos y recios; con este temor se acogieron á lo más espeso, donde amparándose de las ramas, las tomaron por defensa de una recia agua que el cielo envió, envuelta en piedra. Con el mismo temor se valieron del bosque otros que eligieron por amparo otro puesto cercano al en que estaban los fugitivos Garay y Rufina. El rumor de su plática dio motivo á Garay para que quietamente saliese de donde estaba, y encubierto de las ramas se puso cerca de ellos.

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