La garduña de Sevilla y anzuelo de las bolsas

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Prosigue Jaime la novela de «Á lo que obliga el honor»

Atenta escuchó doña Brianda la relación que le hizo su dueña acerca de la persona de don Pedro, y sintió en extremo que este caballero no viniese de Sevilla tan libre como ella deseaba; acerca del mentido empleo, que la encubierta doña Victoria fingió, le hizo algunas preguntas la afligida dama, de si estaba muy enamorado, de si era hermosa doña Elvira y otras muchas circunstancias, á que satisfizo con mucho cuidado, llevando la mira á que quedase muy en desgracia suya don Pedro: con todo, no dando entero crédito doña Brianda á lo que había oído á su dueña, remitió el dar cuenta de ello á su padre y que él se informase mejor de todo. Entróse á hablar con él, que ya habían acabado las capitulaciones, y en tanto doña Victoria se quedó en la primera sala, lugar donde asisten las dueñas; allí llegó un criado de don Pedro, á quien él había mandado acudir á la estafeta por las cartas que de Sevilla le viniesen, y trayéndole un pliego, preguntó á la dueña por su amo, sin haberla conocido: tan disfrazada estaba con las tocas. Ella le dijo estar allá dentro con su señor.

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