El pecado y la noche

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I / En la magia lunar, la gran Avenida cubierta de nieve tenía el prestigio de una escenografía teatral. Arriba, el cielo azul oscuro era como un viejo dosel florecido de lises de oro; abajo, los blancos copos tejían un tapiz sobre la tierra y posándose en las desnudas ramas de los árboles, trasformábales en extraños arbustos de alabastro. Otros copos pendían en cristalinas estalactitas de las torrecillas, filigranadas como encajes, de los vetustos palacios, o confundidos con las hojarascas de los ventanales y cresterías, mentían grandes brillantes, que, engastados en el granito, relucían heridos por la pálida claridad de la luna.

A un lado el río, aquel río de balada, ancho, hondo y azul, helado ahora, fingía un largo espejo de plata, cruzado de trecho en trecho por los audaces arcos de algunos puentes: unos, antiguos, con pináculos de peregrina arborescencia, estatuas de santos labradas en gigantescos bloques y barandales de pétrea pesadez, en que monstruos de la fauna imaginaria de los siglos de cruzada se perseguían por entre laberintos de una floración absurda; otros, monumentales puentes modernos con columnatas y pretiles de blanco mármol, que sustentaban famas, esfinges y pegasos de bronce.

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