Explore "La estocada de la tarde" by Antonio de Hoyos y Vinent on Textopian. Read with annotations and highlights.
Por centésima vez miró Robledales la hora. ¡Nada! ¡Aquél no venía! Y el caballero, de común tan calmoso, se revolvió impaciente en su asiento mirando a un lado y otro sin hacer caso de las barbaridades con que sus compañeros de palco entretenían las holganzas del entreacto. En su paternal afecto por el «Arrojadito», sentía el aficionado un vago temor por las locuras que a aquel niño grande dejado a sus iniciativas, arrancado de su centro y excitado por la pasión se le podían ocurrir. Además, ahora, desgraciadamente, tenía sobrados motivos de temor, pues en las cuarenta y ocho horas transcurridas desde la entrevista que sabía hubo entre la coqueta y su enamorado no había conseguido ver al muchacho. Efectivamente, la misma noche de la conferencia había acudido a recogerle, como de costumbre, al hotel para ir al teatro juntos, esperando una crisis de amargura y desaliento que tras algunas sacudidas obrase beneficiosamente a manera de reacción sobre el dolorido espíritu del chico, y se encontró con la puerta cerrada y la consigna dada al mozo de estoques de no dejar entrar a nadie, pues el torero se había acostado cansadísimo y con una jaqueca atroz. Volvió al siguiente día temprano y le dijeron había salido y no almorzaría allí; retornó por la tarde y no había vuelto al hotel, y, por último, la mañana de aquel día tampoco estaba allí, aunque bien es verdad que le había dejado un recado citándole para el Circo aquella noche. ¿Qué se habría propuesto? ¿Qué atrocidad germinaba en su cabeza? ¿Qué descabellado proyecto incubaba en aquellas horas de soledad? Era indudable que le huía, que se proponía ganar tiempo y evitarse su presencia y con ella el peligro de una conferencia a solas, puesto que si conseguía llegar sin verle el día de la corrida, le sería imposible cambiar cuatro palabras con él, rodeado como estaba desde por la mañana temprano de aficionados, amigos, admiradores y compañeros. ¿Qué habría sucedido en la entrevista con la Montaraz?
Allí estaba ella en su palco vestida de gasa roja que esculpía en llamas la equívoca gracia de su cuerpo, en la cabeza un cesto negro cargado de cerezas, acompañada de Lidia Alcocer, cuya muñequil belleza rubia y cuyo cuerpo de un repujado escandaloso le servía de contraste, timándose con los del palco del Club. ¡Lo que es a ella no se le notaba nada! ¡Parecía que en su vida había roto un plato!