La zarpa de la esfinge

Explore "La zarpa de la esfinge" by Antonio de Hoyos y Vinent on Textopian. Read with annotations and highlights.

El telón se alzó lentamente, mientras las luces de la sala se apagaban. Una claridad roja, tan intensa que casi hacía daño -claridad de sol agonizante- fulminó el escenario y apareció el desierto a los ojos del público. La llanura amarilla, inacabable, se perdía en lontananza bajo un cielo implacablemente azul. Ni una planta, ni una flor, ni un ser humano. En primer término, sobre un plinto de tosca piedra, tendida boca abajo, erguido el busto y la cabeza echada hacia atrás, inmóvil, inquietante, interrogadora, dormía Judith. Israel. Sobre sus brazos cruzados descansaban sus senos breves, andróginos, bajo los fulgores de sus raros collares de amarillos crisopacios. El rostro blanco, encuadrado en las líneas perfectas de su cabellera espesa, y negrísima, tenía una serena calma de eternidad. Sobre el largo friso ondulaba su cuerpo de una rara perfección.

La orquesta apoyábase en dos únicas notas de los violines que subrayaban el tambor dando una sensación de monotonía abrumadora. Lentamente, como en un amanecer de esmeralda, Judith abrió los ojos. Después, muy despacio, sin romper la armonía, levantose y comenzó los quiméricos pasos de «La Danza de la Esfinge». Estaba toda desnuda bajo el iris de las piedras preciosas que pendían en finas cadenas desde el cinturón de oro que ceñía sus caderas. Áureas ajorcas incrustadas también de pedrerías aprisionaban sus puños y tobillos, y raras sortijas lucían en los dedos de sus pies. Parecía más delgada, más fina, casi irreal, así.

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