La zarpa de la esfinge

Explore "La zarpa de la esfinge" by Antonio de Hoyos y Vinent on Textopian. Read with annotations and highlights.

A media calle de Villanueva se detuvo un momento para contemplar el espectáculo de la agonía del Carnaval. Llegaban hasta ella como alaridos de endemoniada cohorte, horrísonos, inacordes, los destemplados gritos de las máscaras. Anochecía, la lluvia, que después de caer durante toda la mañana en incesantes chaparrones había dado una tregua al festejo popular, recomenzaba nuevamente, y en la neblinosa tristeza del crepúsculo, al través del tenue velo de agua, pasaba lamentable y grotesco el cortejo de Momo. Desfilaban las carroza, rotas, sucias, deslucidas por la humedad, manchadas por el lodo, bamboleándose como si a cada sacudida fuesen a desplomarse sobre los coches que pasaban a su lado. Sobre los desalmenados torreones medievales, en los lomos de los elefantes de cartón sin cola ni trampa, en los maltrechos canastillos de flores, las máscaras, los atavíos (rotos, sucios, perdido todo carácter después de cuatro días de batalla) pegados al cuerpo por la lluvia, se agitaban epilépticas con gestos bruscos, rotundos, violentos, que la distancia hacía aún más incoherentes, dándoles cierto aspecto de embrujados conducidos a la hoguera inquisitorial en una estampa del tiempo de Carlos II, el Hechizado, echaban flores marchitas y confetis desteñidos sobre las damas que pasaban a su alcance. Tras los desvencijados armatostes, un ejército de golfos, puercos, haraposos, las caras llenas de churretes y desgarrados los trajes, luchaban por apoderarse de los dulces y ramilletes que caían en el barro, gritaban como energúmenos, se peleaban, caían al suelo, forcejeaban allí, y al fin alzábanse triunfantes con su presa para arrojar las rosas llenas de lodo a las espléndidas victorias o a los abiertos automóviles, donde las mujeres, tiritando de frío, empapadas hasta los huesos, se impacientaban ante las interminables lentitudes del desfile. Grupos de máscaras pasaban en una promiscuidad gris e inquietadora, de la que se destacaba de vez en cuando la nota rabiosa de un diablillo rojo, o la tétrica de negro encapuchado que hacía pensar en los misteriosos penitentes de los cortejos de disciplinantes. Por las aceras, en río humano deslizábase hacia la calle de Alcalá, formando una masa confusa y uniforme. De vez en cuando, una pandilla de enmascarados hendía la multitud profiriendo agudos chillidos; había un momento de confusión en que las gentes se arremolinaban, y luego la masa tornaba a fundirse para seguir rodando paseo abajo.

En vez de amilanarse, Judith Israel apresuró el paso. Sentía la atracción, irresistible del festejo, bárbaro como los antiguos festejos en honor de Baco y Venus, el encanto acre y malsano, hecho de alegría brutal y de hastío triste, de tensión nerviosa y de cansancio, de bestialidad, de estupidez y de lascivia, que como un perfume de podredumbre, de miseria, de suciedad, de lujuria y vino, emanaba de la multitud. La tarde interminable pasada a solas con un libro, la tristeza del ambiente y la confusa algarabía que llegara hasta sus oídos, había sacudido sus nervios. En uno de esos momentos de debilidad pasional, que eran a manera de talón de Aquiles en su voluntad firme y templada, sentía el deseo de confundirse con el cortejo báquico, de sentirse estrujada, sacudida, brutalizada por cien manos. La extraña fuerza que como una fascinación de pesadilla arrastrara a las antiguas emperatrices, desnudas bajo los velos, a ofrecerse a los caminantes como una prostituta en las calles de la Suburra, la llevaban a ella a confundirse con el pueblo que, entre dicharachos soeces y tragos de mosto, volvía de enterrar la sardina.

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