Los héroes de la visera

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Desde que estaban en Madrid la Nati entraba y salía a todas horas, muy puesta de mantilla, y aun a veces, cuando repicaban gordo, de sombrero. La Clotilde se moría, se moría sin remedio de aquella pertinaz fatiga; pero, eso sí, parecía que la cosa iba para largo, y su hermana, sin descuidar a la enferma ni permitir que le faltase nada -hasta se la había llevado a su casa para que estuviese mejor-, volvía a cobrar gusto a la vida madrileña, reanudaba relaciones, hacía visitas, encontrándose en aquel elemento como pez en el agua.

Julián, por el contrario, cada vez se hallaba peor. Desde la primera cuestión con su querida las broncas habían menudeado, siendo cada vez más frecuentes y violentas. Parecía como si ella hiciese al torero responsable de su vejez, de aquellos años perdidos para el goce, consumidos en un altruismo estúpido. En cuanto surgía cualquier menudo rozamiento, venían las palabras fuertes, desagradables, llenas de acritud. La "Rubia" le restregaba por los hocicos cuanto por él hiciera, complaciéndose en humillarle con la ostentación de su inutilidad. Hasta aquella misma renuncia de los toros, por que tanto y con tanta habilidad hiciera ella, se la reprochaba como una abyección más.

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