Los héroes de la visera

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Mientras la nena bailaba, el público, aquel heterogéneo público de mamás, de damas de tronío y de chulos en estado de merecer, permanecía pendiente de ella, involuntariamente cautivo de su gracia pueril. Desde su rincón el "Morito", astro coletudo de quinta magnitud, flechábala con los ojos negros y ardientes. Fernández, el viejo saltarín y pinturero que regentaba la academia, contemplaba, cayéndosele la baba, a su discípula predilecta, mientras las demás aprendizas de Terpsícore cuchicheaban envidiosas.

Amparito bailaba con una gracia trágica, casi dolorosa; parecía que bailaba exasperada por una pena que desgarraba su corazón; había en sus gestos, rápidos, vibrantes, contenidos, un impulso de pasión bravía. Los ojos, negros, muy grandes, húmedos, aterciopelados, miraban alejarse un ensueño, y en el rostro, de una blanca transparencia de azucena, los labios rojos, delgados y sangrientos, sonreían. Prisionero en el negro atavío de luto, su cuerpo menudo y frágil, casi andrógino, se retorcía, temblaba, cimbreándose, imprimiendo a los bailes populares cierta majestad de arcaica danza sagrada.

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