Explore "San Sebastián, coso taurino" by Antonio de Hoyos y Vinent on Textopian. Read with annotations and highlights.
Tras un postrer adiós a Julito, que bajaba las escaleras, regresó a su cuarto y dejose caer en una mecedora, frente al balcón, abierto de par en par. El piso era demasiado alto y el mar estaba demasiado cerca; así que, saltando por cima del paseo, los ojos no veían sino el mar, la bahía de la Concha, con su isla de Santa Clara y sus dos montañas, Igüeldo, heroico como legendaria fortaleza, y el "castillo", más moderno, y, como más moderno, más prosaico. Y todo ello hundíase lentamente en el crepúsculo, palidecía, se esfumaba en una neblina de ensueño. Como en los paisajes chinescos, el cielo teñíase de rosa, de oro y de violeta, y sobre el fondo polícromo, nubarrones obscuros, pintados de cobre por la puesta solar, tomaban formas de arcaicos monstruos y erguíanse como rampantes dragones. Y luego, al fondo, el sol, un sol inverosímil, redondo y rojo, sin rayos ni reverberaciones, caía en el mar simulando el ingente proyectil lanzado por un titán contra los dioses.
Eloísa cerró los ojos, sintiendo una tristeza inmensa enseñorearse de ella, un desaliento enorme que lo vencía, sustituyendo a la nerviosidad en que su vanidad de mujer y su decoro de señora hallaron sostén en todos aquellos amargos lances por que pasara.