Explore "San Sebastián, coso taurino" by Antonio de Hoyos y Vinent on Textopian. Read with annotations and highlights.
Don Honorato Ratón de la Higuerilla metiose un dedo en la nariz, según era antigua y no muy pulcra costumbre en él, y quedó ensimismado, con esa profunda meditación tan natural en quien desempeña trascendental tarea. La cosa no era para menos. Después de los desembolsos realizados por aquella señora, con el señuelo de un próximo y ruidoso triunfo que le indemnizase de todos sus sacrificios, ¿con qué cara decirle que sus impresiones eran pesimistas, los indicios más de fracaso que de victoria, y las noticias alarmantes, por no decir francamente descorazonadoras? Él, cumpliendo deberes impuestos por su conciencia, había ido allí para informar a la debutante de los vientos de fronda que contra ella corrían, pero, ante la confianza exaltada de la dama, ante sus explosiones de entusiasmo, su afán de que llegase pronto el momento crítico y su gran fe, había sentido caérsele el alma a los pies. Más valía, quizá, dejarla. ¿Quién sabe? En el teatro nadie puede vaticinar con razón. ¡La psicología de las multitudes es tan rara! Él, en su ya larga vida de empresario, había visto cosas extraordinarias. A lo mejor, obras que todos creían un gran fracaso, resultaban un éxito formidable, y, en cambio, otras que provocaron grandes entusiasmos en la lectura y los ensayos, haciendo a las empresas cifrar todas sus esperanzas en ellas, el día del estreno habían sido estrepitosamente silbadas. Y con los artistas sucedía igual. A lo mejor, un artista que en ensayo era un asombro, al llegar ante el público vacilaba, azorábase, comenzando a balbucear, y otros, que parecían tímidos, insulsos, en el instante definitivo sentían la llamarada del genio y arrebataban a las muchedumbres.
Eloísa repitió su pregunta: