El fomes peccati by Antonio de Trueba — Read

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El señor presidente del Consejo continuaba moliendo a su majestad todos los días de sobremesa, después de haberse tirado unos buenos latigazos del navarro, con que era necesario que en la corte en general, y en el real palacio y los ministerios en particular, se hicieran las mejoras que reclamaban el decoro de la corte, el de la real persona y el del gobierno, porque si no, aquello no era corte, ni palacio, ni ministerios, ni nada.

El rey tenía la sangre frita con aquel mosconeo diario, porque, para mantenerse en aquellas reformas, tenía que meterse en cavilaciones y engorros, y su majestad decía para sí, y decía muy bien, aunque decía muy mal, pues su majestad ladraba la lengua nacional en lugar de hablarla:

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