Traga sardinas by Antonio de Trueba — Read

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Don Lesmes era uno de aquellos que viven para comer, en lugar de comer para vivir. A pesar de ser un caballero de casa solariega bastante rica, era solterón, porque todos sus efectos estaban en el estómago y no un poquito más arriba. Un poquito más arriba ni un poquito más abajo no tenía afecto alguno. No consistía su celebridad sólo en su incansable apetito, sino también en su creencia de que el día que le perdiese ya podía ponerse bien con Dios, porque sin remedio era hombre muerto. Esta creencia tenía su origen en una broma que habían querido darle sus amigos. Como fuese hombre que dividiese su amor a la manducatoria con su amor a la vida, sus amigos habían querido darle un susto tremendo haciéndole creer que se hallaba en eminente peligro de muerte. Puestos de acuerdo al efecto con el médico de la villa, éste le anunció que en el momento en que le faltase el apetito debía disponerse a morir, porque su muerte estaba próxima. Don Lesmes creyó a pies juntillas al médico, porque era tan crédulo y candoroso cuanto comilón, y preparado así, sus amigos se dedicaron a hacerle perder el apetito; pero quienes se llevaron chasco fueron ellos y no don Lesmes, a quien nunca lograban ver harto.

Fue por Marquina el insigne don Félix María de Samaniego, que ya he dicho gustaba de pasar allí largas temporadas, y como le contasen lo inútiles que habían sido sus esfuerzos para asustar a don Lesmes y apelasen a su ingenio para conseguirlo, el buen don Félix les dijo:

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