Explore "Las orejas del burro" by Antonio de Trueba on Textopian. Read with annotations and highlights.
Un día tuvo Pericañas con su padre una conversación muy interesante.
Padre, dijo Pericañas, yo voy siendo ya grande para monaguillo. El otro día, cuando pasó por aquí el señor obispo y yo fui con el Moro del señor cura a llevarle la maleta hasta Cabezuela, trabamos conversación su ilustrísima y yo mientras su ilustrísima caminaba montado en su mula y yo caminaba a pie arreando al Moro. -¿Qué tal está la iglesia de Zarzalejo? me preguntó el señor obispo. -Muy bien, le contesté, y ya siento que vuestra ilustrísima no la haya visto. -No me ha sido posible detenerme en Zarzalejo, pero el año que viene, si Dios quiere, vendré a la visita pastoral y veré despacio la iglesia. -Pues de seguro le gustará a vuestra ilustrísima, porque, aunque me esté mal el decirlo, la tengo que se puede ver la cara en ella: de cada zurriagazo que les doy todos los días a los santos para limpiarles el polvo, tiembla la iglesia. -Pues qué, ¿eres tú el sacristán? -Sacristán y monaguillo, para servir a vuestra ilustrísima.-Hombre, hombre, sacristán está bien, pero para monaguillo ya vas siendo grande.-¿Y eso qué le hace, señor?-¿Pues no le ha de hacer, hombre? Los monaguillos deben ser niños que por su inocencia y rostro infantil recuerden a los ángeles, y no hay cosa más impropia para hacer su oficio que un zamarro con más barbas que un chivo. -Así se esplicó el señor obispo. Conque ya ve Vd., padre, que si su ilustrísima me encontraba ya grande para monaguillo hace pocos días, más me encontrará dentro de un año.