El cura nuevo by Antonio de Trueba — Read

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Entre los barrios del Seldortun y el Avellanal, que distan entre sí como un millar de pasos, hay una caverna conocida con el nombre de cueva de la Magdalena. Por esta caverna pasa una vena de agua que, brotando un poco más abajo, daba movimiento en el siglo pasado a una aceña que en mi niñez estaba arruinada y se reedificó convirtiéndola en molino con rodetes horizontales. Ese molino, a pesar de ser el único posible en la aldea que situada en la ladera del monte no tiene raudal de agua más abundante que aquél, molió por muy poco tiempo, y hoy, deshabitado y caídas sus puertas, sólo sirve para inspirar pavor a los que por allí pasan y para que en la canícula, cuando pica la mosca al ganado que pasta sin guarda (como es uso y costumbre en Vizcaya donde el guarda principal de todo es el sétimo mandamiento de la ley de Dios) en aquellos sombríos castañares, sestee en él.

El molino quedó abandonado, no tanto por la escasez de agua (que si en toda estación era suficiente para mover la rueda de madera de la antigua aceña, no lo era en verano para mover los rodetes de hierro, a menos de moler a represas), como porque el molinero que en él establecieron sus dueños los Sangineses, vecinos de la aldea y a quienes ésta debe hoy beneficios dignos de mucho agradecimiento, empezó a dejarse dominar, de tan supersticiosos terrores, que le hicieron abandonar aquella soledad.

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