Tragaldabas by Antonio de Trueba — Read

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Con motivo de la asombrosa facilidad con que D. Lesmes había salvado de la muerte al rey, que ya la tenía al ojo, a D. Lesmes le llovían las visitas, porque ¡cómo no había de aprovechar a los vasallos lo que había aprovechado al rey! La fuente del Berro es casi la peor que hay en Madrid y sus cercanías; como que sus aguas, aunque abundantes, claras y frescas, son tan duras que para digerirlas se necesita tener una de estas dos cosas: o estómago de perro o costumbre de beber de ellas u otras semejantes. Y, sin embargo, el público las tiene por las mejores de Madrid y sus cercanías por la única razón de que las bebían los reyes (y volverán a beberlas). Cuando Carlos III vino a Madrid, como estaba acostumbrado a las aguas de Nápoles, que son gordas, le sentaron mal las de Madrid, que son delgadas. Buscáronse aguas que se pareciesen todo lo posible a las de Nápoles, y como el rey probase las del Berro y le sentasen bien, continuó bebiéndolas, y desde entonces aquella fuente vino surtiendo a Palacio, porque acostumbrada la familia real a sus aguas, le sentaban al parecer bien. El Público, que veía todos los días conducir a Palacio, en relucientes cántaros, el agua de la fuente del Berro, cuya injusta reputación prueba que en la corte la frescura y no el verdadero mérito es lo que priva, cree que la fuente del Berro es un prodigio, y el público que veía conducir todos los días a Palacio en relucientes carrozas a D. Lesmes, creía que D. Lesmes era también un prodigio de ciencia médica. A pesar de esto, las visitas no le daban a Tragaldabas para matar el hambre, que cada vez era más devoradora.

-Está visto, decía para sí D. Lesmes, que no me veré harto hasta el día que cobre la primera mesada de mi pensión. Lo que es ese día, ¡juro a bríos Baco que me he de poner bueno el cuerpo!

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