Metamorfosis o el asno de oro by Apuleyo

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Tan pronto como se disipó la noche y empezó a alumbrar el sol del nuevo día, salté de mi cama con el más vivo deseo de conocer todas las rarezas y maravillas del país. «¡Cómo!, iba yo diciendo, ¡estoy en mitad de esta Tesalia, tierra clásica de hechizos, y célebre, sólo por eso, en el mundo entero! Así, pues, dentro de los muros de esta ciudad, ocurrieron los sucesos de que nos hablabla, durante el viaje, el buen Aristómenes.» Y sin embargo, no sabiendo hacia donde dirigir mis deseos y mí curiosidad, iba fijándome en todo con cierta inquietud. Todo lo que iba viendo se me figuraba que no era en realidad tal como se me aparecía a la vista. Figurábame que, por el poder infernal de ciertos conjuros, todo debía haberse metamorfoseado. Al dar con una piedra creía ver un hombre petrificado; si veía pájaros, eran hombres alados; los arboles del paseo eran también hombres cubiertos de follaje; las fuentes, al manar, se escapaban de un cuerpo humano; me parecía que las estatuas y las imágenes se disponían a andar: las paredes, a hablar; los bueyes y demás animales, a presagiar el porvenir, y que, del cielo, del mismo cielo, y de la inflamada órbita del sol, descendían, de repente, algunos oráculos.

Esta imbecilidad llegaba a la estupidez, y mi curiosidad era realmente una enfermedad. Iba y venía por todas partes sin encontrar huellas ni señal de nada que me tranquilizara. Sin embargo, yendo de puerta en puerta con el aire abandonado de un pordiosero, y el paso incierto de un borracho, encontreme de pronto, sin saber cómo, en el mercado de comestibles. Precisamente pasaba una dama, y apreté el paso para alcanzarla; iba rodeada de muchos criados. El oro que brillaba en sus joyas y en su vestido de encaje, indicaba claramente que era una mujer aristocrática. A su lado iba un hombre de edad avanzada, que exclamó al verme: «¡Eh!, sí, es él, es Lucio», y corrió a abrazarme. Luego murmuró al oído de la dama algunas palabras que no entendí. «Acercaos, prosiguió, y saludad a vuestra madre.-No me atrevo, respondí, porque no conozco a esta señora.» Y al instante, subiéndome el color a las mejillas, retiré la cabeza atrás y retrocedí unos pasos. Mas ella, dirigiéndome una mirada, dijo: «Lo ha heredado de sus padres: tiene el mismo aire de nobleza que su madre Salvia; por lo demás, tiene muy gallarda presencia y reúne todos los elementos de una hermosura completa. No es demasiado alto; es esbelto sin ser delgado; su tez tiene buen color; tiene el pelo rubio y ensortijado naturalmente; sus ojos, aunque azules, son vivos; su mirada tiene la viveza del águila, y esta mirada es siempre brillante, cualquiera que sea la dirección en que mire; su andar es noble sin afectación.»

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