Metamorfosis o el asno de oro by Apuleyo

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Ya con su dorado carro iba remontando el cielo la aurora de rosados dedos; la noche cedía su lugar al día, y yo acababa de despedir las dulzuras del sueño. La aventura de la noche anterior me atraía inquieto, y sentándome en la cama, las piernas cruzadas, las manos en las rodillas y los pies enlazados, acabé por llorar a moco tendido. Figurábame ya frente al tribunal, los magistrados dictando sentencia y la llegada del verdugo. ¿Habrá un juez bastante magnánimo, bastante benévolo para proclamar la inocencia de un hombre que, como yo, ha cometido tres asesinatos y se ha manchado con la sangre de tantos ciudadanos? ¿Era esta la gloriosa peregrinación que el caldeo Diófanes me pronosticó con tanta seguridad?. Estas reflexiones martirizaban mi espíritu y lloraba por mi fatal destino. Pero estaban llamando a la puerta, gritaban, hacían un ruido espantoso, y pronto una violenta ráfaga la abrió de par en par. La casa se inundó de magistrados, de sus acólitos y gente de toda ralea. En seguida, dos corchetes, por orden de los magistrados, pusieron mano sobre mí y se me llevaron; no opuse la menor resistencia. Apenas llegamos a la calle, ya nos seguía todo el pueblo. Era una muchedumbre imponente, y aunque yo iba con la cabeza baja hasta el suelo, o mejor, hasta el fondo del Tártaro, preso, a medida que iba avanzando, de la más violenta desesperación, mirando de reojo, observé, sin embargo, una cosa muy extraña: y es que entre tantos miles de individuos que me seguían, no había uno solo que no se riera a dos carrillos. Por fin, después de hacerme recorrer toda la ciudad, y que me hubieron paseado por todos los rincones, como estas víctimas que en las procesiones expiatorias están destinadas a conjurar algún espantoso prodigio, me hicieron detener en el lugar donde el tribunal administraba justicia. Ya los magistrados ocupaban sus elevados sitiales y el ujier reclamaba silencio, cuando de pronto, un grito unánime de todos los espectadores pidió que, en razón a la afluencia de personas y a loa peligros que podía causar tal aglomeración, se efectuara la vista de tan importante causa en el treatro. Inmediatamente el público ocupó las delanteras, y el recinto de la sala se llenó por completo con maravillosa rapidez. Hasta los corredores y techos rebosaban gente. Algunos se subían a las estatuas; muchos abrazábanse a las columnas; otros sacaban medio cuerpo por las ventanas y la extrema curiosidad les impedía discurrir el peligro que corrían. Pronto los ujieres me hacen adelantar hasta mitad del escenario, como una víctima.

El ujier dio una voz. estentórea; llamaba al acusador. Un anciano se levantó; luego, para medir el tiempo que duraba su oración, tomó un vasito en forma de embudo, con el extremo adelgazado en punta. Echó en él un poco de agua, que se derramaba gota a gota, y dirigiéndose al pueblo, dijo: «Dignísimos ciudadanos: la causa que vamos a fallar es de las más graves, porque se trata, ante todo, de la tranquilidad de la ciudad entera. Hay que dar un gran ejemplo e importa mucho que, individualmente y en comunidad, venguéis los derechos de la sociedad ultrajada; que no quede sin castigo un infame asesino, que con sanguinaria mano ha causado tantas víctimas. No creáis que, al hablaros así, me impulsa particular animosidad o un resentimiento personal con el acusado, porque yo soy capitán de las guardias que ejercen vigilancia durante la noche, y no creo que hasta el actual momento, nadie pueda acusarme de negligente. Pero, yendo a la cuestión, voy a exponeros fielmente lo que ha ocurrido la noche pasada. Era exactamente media noche, y yo, con escrupulosa exactitud, hacía mi ronda por la ciudad, examinando casa por casa, De repente, veo a un joven, el acusado, que furioso, espada en mano, causaba gran carnicería. Tres ciudadanos habían caído ya víctimas de su crueldad; a sus pies, tendidos y ahogándose en su propia sangre, respiraban aún, aún palpitaban. Debo añadir que, justamente alarmado de la enormidad de su crimen, intentó huir, a favor de la obscuridad, deslizose dentro un portal, pasando la noche oculto en la casa. Pero la divina providencia jamás permite que un crimen quede sin castigo. Antes que pudiese escapar por algún reducto secreto, fui de madrugada para hacerle comparecer ante vuestro augusto y sagrado tribunal. Ved, aquí, pues, frente a vosotros un acusado culpable de tres asesinatos, detenido en flagrante delito, y extranjero. No vaciléis, pues, en condenar a un extranjero por un crimen del cual castigaríais severamente a un ciudadano vuestro.»

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