Metamorfosis o el asno de oro by Apuleyo

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Era ya medio día, poco más o menos, y picaba el sol con sus más ardientes rayos, cuando hicimos alto en un pueblecillo donde tenían algunos amigos nuestros bandidos. Por lo menos así me lo figure por asno que fuese, al notar sus aaludos, su larga conversación y sus mutuos festejos. Sacaron de mi lomo diversos objetos que les regalaron y, según cuchichearon, creo que lea advertían que eran procedentes de un robo. Pronto estuvimos libres de nuestra carga y para que pudiéramos pacer libremente y a la ventura, nos llevaron a un cercano prado. Yo no me decidí a quedarme en compañía del otro asno y de mi caballo durante su comida: tanto más cuanto estaba yo muy poco acostumbrado a comer heno. Pero viendo detrás del establo un pequeño jardín, me dirigí a él resueltamente, pues el hambre me mataba, y aunque sólo hallé legumbres crudas me harté de ellas hasta reventar. Dirigiendo luego fervorosas súplicas a todas las divinidades del cielo, miré si en algún lado, en los jardines inmediatos, veía algún rosal en flor. Mi aislamiento me hacía confiar firmemente en que si hallaba tan preciosa medicina, podría, gracias a estar solo y a las malezas que me ocultaban, no ser visto de nadie mientras se verificaría mi cambio de animal cuadrúpedo en criatura humana.

Flotando en este mar de reflexiones vi un poco lejos, en un valle agradablemente sombrío, un espeso bosque, y, en mitad de él, entre diversas plantas que esmaltaban una encantadora alfombra de verdura, brillaban con vivo escarlata unas soberbias rosas. Ya me figuraba en mi imaginación (que no era completamente asnal) estar viendo el florido bosque de Venus y de las Gracias, bajo cuya misteriosa sombra desarrolla sus divinos destellos la flor de Cititerea. Invocando, pues, a la divinidad que preside los acontecimientos agradables, me tendí al galope, y, en verdad, ni yo mismo me conocía; mejor que un asno, parecía un corredor de las Olimpiadas. Pero por soberbio, por rápido que fuese este arranque, no debía modificar mi mala fortuna. ¡Dios mío! Al llegar a la meta no encontré estas rosas tiernas y delicadas, bañadas con precioso néctar y con lagrimas de una diosa, estas rosas que nacen entre adoradas espinas en los zarzales; ni encontré siquiera el delicioso valle que esperaba. Encontreme en una larga hilera de apretados árboles cuyo follaje es parecido al del laurel, y que producen una flor inodora, de cáliz alargado y color rojo pálido. Reconocí ser el árbol que el vulgo ha bautizado, a pesar de su falta de aroma, con el nombre de laurel-rosa y cuya flor es un veneno mortal.

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