Metamorfosis o el asno de oro by Apuleyo

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Entrada ya la, noche disperté aterrorizado en medio de una claridad deslumbradora; era la luna cuyo disco radianie se alzaba en aquel momento del fondo del mar. El misterio, el silencio, la soledad, todo convidaba al recogimiento. Sabía yo que la reina de la noche, divinidad de primera categoría, ejerce un poder soberano y rige las cuestiones mundanas con su providencia; sabía que no sólo los animales domésticos y los monstruos salvajes, sino también los seres inanimados subsisten por la divina influencia de su luz y sus propiedades; que en la tierra, en los cielos y en el fondo del mar el crecimiento de los cuerpos siente su influencia. Puesto que el destino se apiadaba de mis largos y crueles infortunios y me ofrecía, aunque tarde, una esperanza de salvación, quise hacer una invocación a la diosa en su imagen augusta que tenía ante los ojos. Ma apresuré a disipar los últimos restos del sueño y me levante con gran brío. Para purificarme me bañé en el mar y hundí siete veces la cabeza bajo las olas, puesto que el número siete, según el divino Pitágoras, es el número apropiado por excelencia a las ceremonias religiosas. Luego con una alegría cuyo fervor se manifestaba en mis lágrimas ofrecí mi oración a la omnipotente diosa con estas palabras:

«Reina del cielo; sea que por encarnar la bienhechora Ceres (madre e inventora del trigo), que por la alegría de haber encontrado a su hija enseñó a los hombres a reemplazar la antigua bellota, alimento salvaje, por otros más agradables, habites los campos de Eleusis; sea que por encarnar a la celeste Venus que en los primeros días del mundo acercó con amor innato los distintos sexos y propagó con eterna fecundidad las generaciones humanas, seas adorada en el santuario de Paphos, que el mar circunda; sea que por encarnar a la divina Phebe, cuya valiosa asistencia a las mujeres encinta y a sus frutos ha creado tantos pueblos, seas hoy reverenciada en el templo de Efeso; sea que por encarnar a la temible Proserpina, la de los nocturnos ladridos, la que en su triple apariencia oprime las impacientes sombras del averno manteniendo cerradas las prisiones subterráneas, y recorriendo los diversos bosques sagrados hayas logrado ser apta para diversos cultos; oh tú, que con luz femenina iluminas todos los muros, con tus húmedos rayos fecundas la preciosa semilla y reemplazando al sol esparces tu luz soberana!; bajo cualquier nombre, cualquier aspecto, cualquier rito que me permita invocarte, asísteme en mi estupenda desgracia; da nuevos hálitos a mi suerte que se derrumba; concédeme un momento de paz y de tregua después de tan rudos ataques. Da fin a mis desgracias, no me pongas más a prueba. Despójame de esta odiosa figura de cuadrúpedo; vuélveme al trato con los míos; devuélveme mi forma de Lucio. Y si acaso alguna divinidad ofendida me persigue con inexorable rencor, séame permitido, por lo menos, morir ya que vivir no puedo!»

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