Metamorfosis o el asno de oro by Apuleyo

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No sé lo que ocurrió más tarde con mi dueño, el jardinero. Cuanto a mí, el soldado que se ganó una soberana paliza por su mal genio, me hizo salir de la cuadra y se me llevó, sin que nadie se opusiera. Luego fuimos a su cuartel (por lo menos así me lo pareció) y sacando su equipaje lo cargó sobre mí. Y heme en camino adornado con un equipo militar de gran gala. Un casco de brillo deslumbrador, un escudo que era verdaderamente un espejo y una lanza notable por su extraordinaria longitud. De momento, esta última no era indispensable; sólo debía servir para asustar a las gentes que encontráramos en el camino, y fue colocada aitísticamente en lo alto de mi cargamento a guisa de remate, como suele hacerse en campaña. Después de recorrer diversas llanuras por un cómodo camino, llegamos a un pueblo y nos alojamos, no en una posada cualquiera, sino en la casa de un decurión. Recomendome a un criado y se apresuró a presentarse a su jefe, que mandaba un cuerpo de mil hombres.

A los pocos días de nuestra llegada, cometiose en esta casa el crimen más horrible y atroz, que podáis imaginar. Ahora que lo recuerdo voy a referirlo. El señor de la casa tenía un hijo de esmerada educación, joven, virtuoso y de una modestia ejemplar, hasta el punto de que lo hubierais envidiado para hijo vuestro. La madre del mozo había muerto, hacía ya algunos años, y el padre contrajo nuevo matrimonio y tuvo con segunda mujer otro hijo, actualmente de unos doce años de edad. La madrastra, que dominaba a su marido, más por su belleza que por sus virtudes, cediendo a un espontáneo impulso de libertinaje o a una fatalidad que la incitaba a las mas viles indignidades, puso sus deseos sobre su hijastro. Ten en cuenta, lector, que ahora estás leyendo una tragedia, no una simple historia. Pisamos el terreno del coturno. La naciente pasión minó insensiblemente, al principio, el corazón de esta mujer y la combatió en silencio, limitándose sus efectos a un ligero rubor, fácil de disimular. Pero cuando la desordenada llama hizo presa en ella, sucumbió a los ataques del amor, que avivaba la violencia de su funesta pasión, y, fingiendo una intensa languidez, ocultó su herida del alma, pretextando una enfermedad del cuerpo. Nadie ignora que los signos de debilidad en la salud son exactamente iguales en los enamorados y en los enfermos: palidez mortal, mirada vaga, cansancio, sueño intranquilo, respiración fatigosa. Hubiérase creído, a no ser por las lágrimas que continuamente derramaba, que estaba presa de violenta calentura. ¡Dios mío! Médicos ignorantes, ¿qué significa este pulso agitado, este excesivo ardor, esta respiración penosa, estas palpitaciones de corazón frecuentes y periódicas? ¡Válgame Dios! ¡Cuán fácil era para el más profano en medicina, pero algo entendido en achaques de amor, diagnosticar el mal de una mujer que ardía sin tener calentura.

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