Metamorfosis o el asno de oro by Apuleyo

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Así armaba sus manos contra mí el desalmado verdugo. Pero ante tal peligro me decidí prontamente, y sin entablar una larga meditación resolví escapar del tormento que me amenazaba. En un abrir y cerrar de ojos rompo la cuerda que me sujetaba y aprieto a correr como un demonio, protegiendo mi retirada con abundantes coces. Veloz como el rayo atravieso la inmediata galería, llego a la sala donde el dueño se regalaba con los sacerdotes de la diosa, saboreando las víctimas sacrificadas, y la mesa, el servicio, sillas y todo junto, vuela por los aires con espantoso estruendo. Tal fue el efecto de mi impetuosa irrupción. Tan irrverente atropello escandalizó al jefe de la familia, que se apresuró a entregarme a uno de sus esclavos, como bestia importuna y desordenada, mandándole que me encerrara en sitio a propósito que no me permitiese turbar en lo sucesivo la tranquilidad de sus festines con parecida petulancia, gracias a esta hábil estratagema logré salvar el pellejo; escapé de las manos del verdugo y me dirigí contento a la cárcel que debía servirme de refugio. Pero ya se sabe; cuando la Fortuna se pone de espaldas nada puede salir bien. No hay consejo prudente ni recurso ingenioso que pueda neutralizar o modificar las disposiciones fatales de la divina Providencia. En cuanto a mí, el accidente que parecía garantizar monientáneamente mi salvación, me puso en peligro de inevitable muerte.

En efecto; mientras los comensales charlaban familiarmente, entró de un modo brusco en la sala, fuera de sí, un joven esclavo con el rostro convulso y dominado por el terror, anunciando a su señor que acababa de entrar por la puerta falsa de la casa, con pasmosa rapidez, un perro rabioso que con gran furor se abalanzó sobre los perros de caza y que pasó luego a la cuadra inmediata arrojándose sobre las caballerías con gran encarnizamiento, sin respetar siquiera a los hombres. «Mirtilo el cuadrero, el cocinero Efestio, Hipatavio el camarero, Apolonio el médico, han intentado echarlo, pero se ha revuelto contra todos furioso, y lo más grave es que sus venenosos mordiscos han comunicado a las bestias su mismo mal de rabia.» Esta noticia les dejó estupefactos. Creyendo que mi precedente acceso de furor era ya debido al contagio del mal, cogen lo primero que les viene a mano y, excitándose unos a otros para darme muerte, se lanzan en mi persecución, más rabiosos que yo mismo. Sin duda, con sus dardos, lanzas y hachas me habrían hecho pedazos, si ante tan tremenda y peligrosa tempestad no invado rápidamente la habitación donde se hospedaban mis dueños. Tras de mí cerraron y bloquearon las puertas esperando que, sin peligro para los combatientes, las ansias mortales de mi pertinaz rabia acabarían mis fuerzas y ocasionarían mi muerte. Sólo así vi asegurada mi libertad, y aprovechando la feliz circunstancia de encontrarme solo, echeme sobre un mullido lecho y descansé romo duermen los mortales, dulzura desconocida para mí desde larga fecha.

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