Metamorfosis o el asno de oro by Apuleyo

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Voy a presentaros aquí, en ordenado conjunto, diversas fábulas del género milesiano. ¡Ojalá halaguen con agradable murmullo vuestros oídos benévolos! Si os dignáis recorrer este papyrus egipcio, sobre el cual se ha paseado la punta de una caña del Nilo, veréis, admirados, cómo las humanas criaturas cambian de figura y condición, para tomar de nuevo, más tarde, su primitivo estado. Empiezo. Pero antes dediquemos unas pocas palabras al autor. El Himeto, en la Ática, el istmo de Efiro [Éfira] y Tenaros [Ténaro], en Esparta, tierras felices consagradas para siempre en libros más felices todavía, fueron la cuna de mis antepasados. Allí aprendí la lengua griega, primera conquista de mi infancia. Lleváronme luego a la capital del Lacio; y obligado a conocer la lengua de los romanos, para seguir sus estudios, sólo alcancé poseerla después de penosos esfuerzos, sin auxilio de maestro alguno. Ante todo solicito, pues, vuestra indulgencia si salen de mi pluma de novel escritor algunas locuciones de sabor exótico o forense. Por lo demás, este cambio de idioma armoniza perfectamente con la índole de este libro, puesto que trata de metamorfosis. Empiezo una fábula de origen griego. ¡Atiende, lector! Te va a gustar.

Iba yo, por asuntos de negocio, a Tesalia (porque, por línea materna, soy oriundo de esta región; y consideramos alta gloria poder contar entre nuestros abuelos al célebre Plutarco y a su sobrino Sexto, el filósofo). Después de subir elevadas montañas, descender a numerosos valles, atravesar muchas frescas praderas y fértiles llanuras, observé que el caballo blanco del país que yo montaba, estaba extraordinariamente fatigado. Yo también estaba ya harto de ir sentado y tuve ganas de ir un rato a pie. Salto del caballo; limpio cuidadosamente con unas hojas el sudor del animal; le paso la mano por las orejas; le quito la brida y le hago avanzar lentamente, muy despacio, para darle tiempo a evacuar cierta función natural que, como es sabido, alivia al caballo, desembarazándole de líquidos superfluos. Luego, mientras el animal, con la cabeza baja, iba andando y buscando su almuerzo en los prados que íbamos bordeando, vi delante de nosotros, a pocos pasos, dos compañeros de viaje, a los que pronto me uní como tercero. Procuraba yo averiguar de qué hablaban, cuando uno de ellos exclamó, soltando la carcajada: «No me contéis, por Dios, tantas mentiras y necedades.» Ante esta exclamación, yo, que siempre fui ávido de novedades, no pude menos que decir: «Verdaderamente, no: bueno será que me pongáis al corriente de vuestra conversación. No es que yo sea curioso: pero me gusta instruirme en todo; por lo menos, en lo posible. Al mismo tiempo, como esta cuesta es dura de subir, una historia agradable e interesante hará más suave el camino.»

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