Explore "Sangre torera" by Arturo Reyes on Textopian. Read with annotations and highlights.
El sol caía como una inmensa caricia de oro y de fuego sobre la plaza de la Constitución; las gentes desfilaban rápidas por las aceras al amparo de la sombra que proyectaban toldos y marquesinas; los establecimientos defendían sus puertas y escaparates con rojos cortinones; los cocheros dormitaban en el interior de sus vehículos; un elegante quiosco y dos o tres improvisados tenderetes, casi del todo cubiertos de flores, ponían en el cuadro una nota de frescura; ni la más ligera nube empañaba el azul purísimo del cielo; los vendedores de periódicos guarecíanse bajo los balcones. El Imperial rebosaba gente; junto a una de sus puertas, en lugar protegido por la sombra, jugaban a las cartas Pepe el Tano y Paquillo el Cardenales, a los que contemplaba con expresión huraña el Cartulina, cuyo rostro reflejaba la honda tristeza en que le sumergiera la deserción de Maricucha.
El primer día en que se encontró Antonio sin ella, se lo pasó solo, apenado, tendido ora acá, ora acullá. Y cuando llegó a su cubril aquella noche, tuvo que inclinar la cabeza ante los duros y justificados reproches de sus viejos. Cuando se arrojó sobre el misero petate que le servía de cama, tuvo que ahogar una serie inacabable de suspiros; antojábasele que habíase quedado solo en el mundo; ya le faltarían en lo sucesivo los poderosos estímulos que le habían hecho competir con los más expertos de sus colegas; ya no necesitaba ganar, además de lo que tenía la obligación de llevar a sus padres, algo con qué regalar a Maricucha. ¡Cómo le gustaban a ésta las chucherías, los caramelos, las chocolatinas, las sortijas aquellas de dublé y piedras monumentales que él le regalaba, y que ella guardaba en una cajita de cartón como el más preciado tesoro.