Sangre torera by Arturo Reyes — Read

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Maricucha había perdido el sueño y el apetito; desde el día en que, quemando las naves, bubo de decirle a Antonio que porra dentro o porra fuera, era su vivir un continuado martirio. Ella había creído que el amor hacia ella era mayor en el mozo que sus ambiciones, pero al recibir el recado que se apresuró a llevarle su madre a casa de Mariquita la Chacona,sintió que el arrepentimiento le retorcía algo en el corazón, y de seguir los naturales impulsos, hubiérase ido en busca de Antonio y a fuerza de caricias y besos le hubiera arrancado el perdón de aquella ligereza suya nacida de su profundo cariño. Pero como no era cosa de dar su brazo a torcer, a la primera de cambio, ocultó sus inquietudes dispuesta a mantenerse firme en tanto no se le saltara uno de los bordones a la guitarra, como ella solía decir en su constante monologar.

Ya iban transcurridos varios días durante los cuales sólo había vuelto a ver al Cartulina más que una o dos veces desde lejos, veces una o dos que estuvo a pique de un repique, pues al verle sintió que se le quitaba la vista, que se le llenaban de lágrimas los ojos y que se le demudaba el bellísimo semblante. Pero al notar que aquél, después de verla, seguía al parecer impasible su camino, hizo de tripas corazón y siguió también el suyo aparentando indiferencia, pero con el llanto en los ojos y con la agonía en el alma.

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