Explore "Fabla Salvaje" by César Vallejo on Textopian. Read with annotations and highlights.
Algunos días después, inopinadamente, Balta se fue al pueblo. Se fue solo y directamente a la casa. Penetró al zaguán. Un revuelo espeso y de fuga reventó adentro. Sobre el tejado de enfrente posáronse varias palomas y tórtolas silvestres, de tornasolados cuellos, y asustadas agitáronse aguaitando con sus ardientes ojos amarillos, en todas direcciones. Un conejo tordillo y zahareño no supo por dónde meterse; peleó con otro, gordo y rufo, y, gritando, se atunelaron ambos por entre los nidos de las gallinas. Balta se sintió sacudido de un calofrío de inmensa orfandad; y, echando de ver las paredes tan pronto entelarañadas aun más abajo de las soleras; las hendiduras que los pájaros practicaron entre los adobes; las puertas cerradas con candado, el huerto marchito y difunto, solo salpicado de unas que otras florestardías de azafrán, recostose en el umbral de la puerta de la sala,como guareciéndose, y un llanto que él no pudo contener bañó sus mejillas. ¿Por qué, pues, lloraba así? ¿Por qué?.
Luego tuvo un acceso de imprevista serenidad. Siguió al dormitorio, lo abrió y penetró a grandes pasos. Volvió a salir, y aclarose tosiendo el pecho, del que salió entonces uno como restallido de madera que corre, tropieza, trota y se arrastra sobre la punta de un clavo inmóvil e inexorable. Traía el espejo en una mano. Como quien no hace nada, se vio en el cristal un segundo, pero apenas un segundo de tiempo, y, apartándolo, se quedó tieso como si fuera de palo. ¿Qué vio? ¿La imagen desconocida? ¿Novio más que la suya? Miró a todas partes con modo tranquilo y amplio; miró hacia la huerta, imperturbable, seguro, iluminado.