Explore "Brenda" by Eduardo Acevedo Díaz on Textopian. Read with annotations and highlights.
En el salón de recibo alhajado con elegancia, de una hermosa casa situada en la calle de Ituzaingó, a las dos de un día sábado, paseábase meditabunda y un tanto inquieta la señorita Areba Linares, como si en verdad preocupase su espíritu algún pensamiento digno de serias y detenidas reflexiones. Con uno de sus brazos -en parte descubiertos y de una blancura anacarada-, recogido bajo el seno, y la mano del otro en la mejilla, dejando flotar el extremo de una pulsera de filigrana de oro que lanzaba límpidos reflejos, caminaba a pasos breves, con aire grave y ese movimiento rítmico de cabeza lleno de gracia y de majestad que unido a la mirada serena constituye un accesorio interesante del poder de seducción en las mujeres inteligentes.
Como de costumbre, Areba había oído misa esa mañana en su capilla particular; pues la señorita de Linares tenía sus imágenes predilectas y su devoción sistemada, y practicaba el bien a manos llenas, más que por deber o por hábito, cediendo a un impulso espontáneo y generoso de su naturaleza rica y original. A este respecto, la caridad podía enorgullecerse de una encarnación perfecta, y consolarse a la idea de que no era solamente en los bellísimos ángeles de mármol con alas color nieve, con que el cincel de los grandes artistas talla su tipo ideal, donde debería buscársele, acabada, pródiga y magnánima. Areba tenía sus pobres. Únicamente a ellos les era dado hablar de su amor sincero y adorable. No podían decir lo mismo muchos hombres gallardos y opulentos, jóvenes y apasionados, que en vano esperaron de ella su limosna de honrosa preferencia en porfiadas lides. Para estos, sólo hubo, y reservaba, esas sonrisas de esperanza saturadas de ironía que ensanchan el horizonte al propio tiempo que el vacío, y mantienen fluctuante e indeciso el corazón; les había hecho entrever quizás más de una vez, la posibilidad del triunfo, algo así como un ensayo de pasión que se anhela sentir, pero que está muy lejos de nacer, entretenida en sondar caracteres, en medir los quilates de sus virtudes o el enorme hueco de sus vanidades, en conglobar las excelencias morales de todos escogiendo lo selecto, profundo y duradero de cada uno, para formar el cerebro nutrido, vigoroso y completo que debía poner en un tronco de Belvedere. A fuerza de sondar y de reconocer la diferencia de los fondos, encontrando esponjas de vanidad en unos, perlas diminutas en otros, riscosos relieves en los más, llegó a familiarizarse con sus distinguidos admiradores hasta el punto de imponerles un sistema de expectativa muy adecuado a las circunstancias, que si bien no excluía la persistencia en las pretensiones, debilitaba al menos el entusiasmo de sus impulsos.