Explore "Brenda" by Eduardo Acevedo Díaz on Textopian. Read with annotations and highlights.
Areba pasó a un gabinete pequeño, de mobiliario de nogal e impregnado como el salón de un ambiente balsámico, muy parecido al que se desprende del traje elegante y preferente de una mujer joven, escrupulosa y delicada. Difícilmente podría objetarse el gusto o la elección en los cuadros, bronces y libros que ocupaban en parte estantes de cortas dimensiones, colocados en los dos ángulos que daban a la galería; reconocíase al primer golpe de vista en el conjunto, en la armonía y distribución de los detalles, algo semejante al camarín de una artista de talento que se ha complacido en satisfacer en menor escala las exigencias caprichosas de su sentimiento estético. No todo era, sin embargo, profano allí, resaltando en primera línea algunas pinturas magistrales de la escuela italiana, relativas a episodios del Evangelio, pasajes de la Pasión llenos de fuerza y colorido, de un mérito notable, cuya posesión podía explicarse como una justa recompensa concedida a la creyente fervorosa que ayudaba siempre la caridad y al culto con dádivas valiosas, aun fuera del teatro asignado a sus bondades y mercedes. Aquellas telas habían sido enviadas de Roma. No faltaban el devocionario y algún otro libro de prácticas de iglesia, en el atril o facistol de metal dorado, abiertos, en dos descansos de la pulida pirámide, como indicando a la creyente sus deberes cotidianos de pensar y de obrar bien. Un rosario de grandes cuentas de marfil con la cruz colgante a un lado del facistol, rodeaba en varias vueltas un volumen reducido de tapas de nácar y filetes de oro, puesto al margen de las epístolas de San Pablo.
Era en este retrete solitario, interesante y odorífero donde veía transcurrir varias de sus horas aquella alma singular, llena de luces y sombras, mística en sus prácticas privadas, noble y generosa con los humildes y vergonzantes; suspicaz, fría y severa con los que aspiraban a poseerla; reacia a la tiranía de ciertos usos; contenta en su altivez dominante, creyendo que ella bastaría a domeñar la rebelión de su propia carne y de su sensibilidad excitada, el día en que su corazón reclamara herido su derecho a amar.