Brenda by Eduardo Acevedo Díaz — Read

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Zelmar Bafil había estado varias veces en la solitaria casa de la ribera, que servía de refugio a Cantarela, después de la entrevista que conocemos. A pesar de todo, íbase entibiando su afecto en el mismo grado en que aumentaba el de la joven. Comprendíalo ella así con ese instinto certero que la pasión ardiente y tenaz sobrexcita y aguza en la mujer, y la predispone a nuevos esfuerzos, a otros halagos más seductores, y acaso a mayores sacrificios, que acepta y consuma resignada con tal de que no se evapore el entusiasmo primero por completo, o se extinga la luz consoladora del amor. En este desasosiego triste, el corazón que se ha dado todo entero, sin reservar un solo latido para un afecto extraño al que lo absorbe, no se explica como pueda exigírsele más, ni encuentra en su angustia acerba el secreto de hacerse más grande, más cariñoso, y más avasallador. ¡Todos los vasos están llenos de pasión y desbordan!

Y ella, con el fuego de la juventud y el vigor de las primeras sensaciones, había exagerado su cariño hasta el punto de pensar a cada momento y de soñar siempre con él, como si nada existiese en el mundo fuera de ese culto sincero e inefable. ¡Cuánto debía, pues, dolerle el menor síntoma de frialdad o de hastío de su parte! Algunos había notado con pena indecible; y por primera vez, quizás, meditó sobre la fragilidad de su suerte. Al acordarse de su padre, pareciole que ella no merecía su gracia; y halló entonces que aquélla sería muy negra y cruel, el día en que se retorciera desesperado su pobre corazón.

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