Explore "Brenda" by Eduardo Acevedo Díaz on Textopian. Read with annotations and highlights.
Abnegación sincera, denuedo estoico, intrepidez tranquila como si se tratase de una actitud de conquista ante una mujer hermosa: esto es poco común, y por lo mismo envidiable y atrayente. Comprendo ahora por que mi ánimo, de suyo prevenido, se exalta y admira, a pesar de todo… ¡Inclina el corazón de veras! ¿Cómo explicarse, sino, aquel cariño virginal, intenso, al héroe sombrío, en el drama de los celos, cariño que a su vez suscita un amor salvaje en la dura entraña del león célibe, embriagado hasta entonces con el aroma del desierto y el humo de la gloria?… Prueba de que para un alma exigente, el amante debe ser entero; pero algo más que el negro paladín. Voluntad firme e inteligencia superior: ¡qué carácter profundo! Únase a eso el modelo anatómico, aunque el rostro no sea bello, y se obtendrá un tipo soberbio esculpido en carne; por dentro y fuera al varón fuerte, capaz de ese amor humano, ardiente, generoso, que desborda y palpita, arrastra y subyuga, haciendo gozar y sufrir con la poesía encantadora, unida a la misma la fría realidad del mundo. Debieran ser muchos los hombres así, en esta tierra ardorosa e inquieta donde he nacido: uno he encontrado a mi paso en un minuto de peligro, no sé si para persuadirme de que no me engañaba al soñar que lo encontraría algún día, tal como lo había anhelado en mis horas silenciosas, o para convencerme de que al suspirarlo con tanto ardor, estaba yo lejos de constituir el ideal de su mente. ¡Compulsamos siempre las fuerzas propias, para tentar una victoria sobre el mérito o el carácter que nos cautiva; pero rara vez incluimos en el inventario ese algo incomprensible y fatal que interviene en el génesis de la pasión, ajeno a nuestra voluntad, y que viene a ser el primordio de la lucha en que se goza a la idea de ser una dominada y vencida!…
Así pensaba Areba, una tarde, de pie delante de un espejo, dándose la última mano a su peinado. Hacía poco que había dejado el baño, y respirábase a su alrededor una atmósfera saturada de esencias. Concluido el arreglo y el adorno de su persona, en traje de paseo, entreteníase en llamar leves y graciosas ondas de su negro cabello hacia la frente tersa y blanca, con esa natural coquetería de la que confía a los detalles la misión de encarecer el conjunto. Estaba muy hermosa, Zelmar la habría hallado insuperable. Más de una ocasión compúsose las cejas, y mirose la dentadura; concluyendo por anudar de una manera airosa en su cuello enhiesto de extrema blancura, una cinta muy delgada de terciopelo negro, de la que pendía una pequeña cruz de oro.