Brenda by Eduardo Acevedo Díaz — Read

Explore "Brenda" by Eduardo Acevedo Díaz on Textopian. Read with annotations and highlights.

Dirijamos ahora una mirada a la ribera.

Pasado un mes, desde el primer día de su enfermedad, Cantarela fue sintiéndose con fuerzas, acentuose la mejoría, volvieron a llenarse sus mejillas descarnadas, los colores hermosearon el rostro, y abandonó por fin el lecho para recuperar muy en breve todo el vigor de su juventud. En los primeros días de convalecencia no quiso salir del interior del pobre hogar, complaciéndose en recorrerlo a pasos lentos, callada y mustia, sin una lágrima ni una queja. La acción benéfica de Areba se había hecho sentir en él con frecuencia. Marcelo solía acompañarla, compasivo, en tributo a su antigua amistad con el viejo pescador; y ella compensaba esa conducta con humilde afecto y las únicas sonrisas que entreabrían sus labios. En la última visita, el doctor de Selis prescribió el ejercicio, indicando a la joven la conveniencia de cortas excursiones por el río o las pesqueras, siempre que saliesen botes de la costa. Le eran necesarios aire puro e impresiones. Cantarela, sin embargo, no se había resuelto a ello. Inspirábale temor y tristeza la simple vista de la ribera y de las aguas, teatro de sus primeros años juveniles y amores desgraciados. Las rocas eran como recuerdos informes y sombríos, que renovaban en su cerebro débil, escenas que quisiera olvidar. Junto a ellas la habían vejado en otro tiempo, y mostrádole el puño las mujeres descalzas y remangadas de la orilla. Gerardo debía vagar también por allí mudo y fatídico, amarrando barcas y revisando las redes, o recorriendo el interior del casco de La Madrépora, de cuyo aseo él cuidaba con preferencia. Este pequeño y airoso barco que la joven veía algunas veces desde el ventanillo del cuarto de las redes, columpiándose al suave vaivén de la marea, recogida su vela de polacra en el mástil enhiesto, en forma de huso de hilandera, con una faja blanca sobre la línea de flotación, y un gallardete ahorquillado de lanilla azul con una letra inicial roja en el centro, acariciado en lo alto por el alisio, recordábale los días tranquilos de los derroteros atrevidos, cuando casi lamiendo con su borda la espuma bullidora, hinchado el velamen y crujiendo el aparejo, dócil la caña a la mano de Gerardo, partía veloz la golondrina de mar, dejando en su camino luminosa estela, adonde bajaban entre notas estridentes las aves de las costas.

Reading navigation