Ismael by Eduardo Acevedo Díaz — Read

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Caía una tarde de Febrero del año 1811, cuando trasponiendo los oteros y collados que ondulan a las márgenes del Río Negro, a algunas leguas del paso de Ramírez, un jinete teniendo sobre la rienda su caballo piafador de gran alzada, cabeza pequeña y narices bien abiertas, rojas y espirando vapor por el esfuerzo de la carrera, se dirigía a la selva profunda, que como un festón enorme de verde irisado bordando el horizonte azul se erguía en el valle majestuoso e imponente.

En la última pequeña eminencia, el jinete tiró a dos manos de las riendas, echando su cuerpo atrás, deteniendo a su brioso alazán, que alargó el cuello espumeante de sudor, llenos de fuego los ojos y de sanguinolentas burbujas la boca, gobernada por un bocado sin camas, barbada ni coscojas, de esos con que el que está habituado a andar desde los primeros años en los lomos equinos, avasalla y doma la fiereza del potro. Dobló luego, hacia arriba, el ala de su sombrero, y volviéndose de lado con destreza, miró el terreno que quedaba a sus espaldas, escudriñando a lo lejos todo el semi-círculo que formaban las lomas o cuchillas. Ningún ser humano se veía, cerca o lejos, en aquel espacio desierto. Voces, gritos, balidos, rumores extraños llenaban las soledades; y del bosque enmarañado y espeso que los rayos del sol poniente teñían de oro, surgían confusas las notas de la creación alada que elevaba en todo el largo de la selva sus himnos del crepúsculo.

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