Ismael by Eduardo Acevedo Díaz — Read

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Las tinieblas empezaban a difundirse, densas, aumentadas por la espesura del follaje en aquellos lugares imponentes. Había cesado la música de los pájaros, y otros ruidos muy distintos turbaban a intervalos el silencio de la selva. De apartados sitios, tal vez de los juncales de la opuesta margen llegaba ronca la querella del puma con color, irritado por el celo; y entre los seibos gruñía el carpincho sordamente al abandonar tras la reacia compañera el fondo de las aguas. Al pie de negros arrayanes solía agitarse algo de invisible y temeroso, que el jinete ahuyentaba a su paso, lanzando un agudo silbido; el coatí se escurría gruñendo, el hurón volvíase a su cueva diligente, y el lagarto se deslizaba entre las yerbas con la rapidez de una saeta. A veces, presentábase de improviso un claro en la tupida bóveda y el manso fulgor de las estrellas se esparcía como una gasa blanquecina y transparente sobre el verde de las cúpulas, para desaparecer bien pronto con su girón de cielo, al penetrarse bajo nuevas y lóbregas techumbres. En estos senos oscuros brillaban infinitas fosforescencias, ojos luminosos entre las ramas, ejércitos desordenados de lampíridos que se esparcían en todo el largo del sendero cubriendo el ambiente de fantásticos resplandores. Diríase una banda de crespón, cuajada de lentejuelas de oro. En los grupos de guayacanes al final de este sendero, el ñacurutú lanzaba sus gritos tristes.

El jinete volvió a detenerse para observar el sitio, que parecía conocer en sus menores detalles.

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