Explore "Nativa" by Eduardo Acevedo Díaz on Textopian. Read with annotations and highlights.
¡Buenos tiempos aquellos en que la ciudad de San Felipe no era más que un hacinamiento confuso de casas bajas sin revoque, con techos de teja, distribuidas y alineadas en calles muy estrechas sin solado firme llenas de lodo, alumbradas con velas de sebo en faroles de pescante, con plazas en que crecían hierbas y pacían bestias, campanarios al ras de las cumbreras, cementerios dentro del recinto, casernas de granito y negros trozos de muralla, como roto cinturón, dispersos hacia el norte y el levante entre pantanos y malezas! Por entonces la plaza de la Matriz servía de mercado o feria, realizándose allí sobre los cordones de la vereda, junto a postes y cadenas las ventas y compras de legumbres, hortalizas, pasteles, frutas y mazamorra con leche, confundidas todas las clases y razas, blancos, negros, pardos, zambos, cambujos, indios; propietarios, mercaderes, militares y esclavos; con calzones de tres botones unos, de uniformes otros, de chiripaes estos, aquellos de melena y poncho, en tanto una de las charangas lusitanas provista de "chinchín" con adornos de cerdas, lanzaba a los aires sus marciales ecos desde la acera del Cabildo.
Tiempos famosos aquellos de usos y costumbres sencillas, en que los goces y novedades sociales se reducían al cuento y a la intriga en las salas de pesados cortinados, y la virtud era tan austera que por la menor falta se reducía a penitencia una doncella en la casa de ejercicios, bajo la dura regla de la beata mercedaria Sor María de Jesús; en que se llevaba el rapé blanquillo o colorado en cajas con música, usándolo como quien aspira oxígeno puro hasta las mismas ancianas pulcras; en que el recato iba al extremo de no mirar con fijeza a los hombres, y el sentimiento del pudor al punto de no enseñar jamás las vírgenes en sus composturas y modas, ni el nacimiento siquiera de la garganta. ¡Ya están lejos! En tales épocas, la inocencia colonial no había sufrido merma alguna: se conservaba íntegra, atribuyéndose el milagro a la educación de convento. Si una pierna hermosa mostraba la liga, el pecado era grave: prohibido también estaba bajo pena de reclusión el amorío con el rabillo del ojo. Este hecho, no consentido por la autoridad paterna, comprometía seriamente el porvenir de una doncella.