Nativa by Eduardo Acevedo Díaz — Read

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Los montes de Santa Lucía, cerca de las cabeceras del río, formaban en aquellos tiempos una intrincada selva no sólo por la espesa vegetación arbórea que cubría totalmente sus bordes, sino también por la de los arroyos que iban a desaguar en su cuenca. Hacia su ensanche y libre curso los dos festones verdes adquirían mayor desenvolvimiento, invadiendo los mismos terrenos de costra arable con sinnúmero de "isletas" pintorescas y frondosas. En treinta leguas próximamente de corriente, -desde los manantiales que brotan junto a los verrugones de uno de los ramales de la Cuchilla Grande-, el río no presentaba bosques más espléndidos, ni más feraces que los que exhibía dominantes en mitad de su cauce. Allí estaban su lujo y sus encantos. Si bien poco elevados los árboles, como todos los que crecen en el país, -en relación a los troncos gigantescos de los trópicos-, eran tan numerosos en una y otra ribera que en realidad debían ser éstos considerados como florestas indígenas, cuyos ramajes ni siquiera había chapodado el hacha del leñador. Grandes praderas de ambos lados, sin asperezas sensibles a sus flancos, hacían resaltar en esa zona la bella perspectiva de boscajes y espesuras cuyas líneas iban a perderse uniformes en el litoral del Plata.

En ciertos lugares, junto a aquellos bosques casi vírgenes donde una que otra vez habían acampado ejércitos y aun las huestes charrúas, sin desflorarlos, el bañado o el estero formaban como manchas en los terrenos bajos. Los juncales y las pajas bravas bordaban sus perímetros, y brotaban viciosos en sus mismos centros, subdividiéndolos en cenagosos pantanos cubiertos por montes de verdura que engañaban al ojo inexperto; pero entre todas las plantas y arbustos acuáticos, las "cortaderas" primaban bajo el sol estival con sus largos, flexibles y elegantes penachos blancos de forma cónica, como otros tantos extremos de "colas de zorros" en posición vertical, sustentadas por varillas rectas. El aire ardiente al deslizarse perezoso doblegaba suave las cúspides en ondulaciones tan leves como plácidos rizos de laguna, sin descubrir un vacío; a tal punto la fecunda tierra daba vida e incremento aun a lo inservible. La manzanilla con sus florecillas color de oro, el "macachín", el trébol, la ortiga brava y el cardo de penacho azul matizaban parte del suelo en los contornos, en abigarrado conjunto de breñas y pastos fuertes. Sobre esos colores y aromas silvestres vagaban zumbones mil insectos, saltaba por todos lados la langosta y corría la lagartija, -el " tiyú" del "tape". Zona poco frecuentada a no ser por el peonaje a escape en las recogidas, o en la caza de venados y avestruces, era la más apropósito para dar entrada secreta al monte. La torada había abierto dos o tres boquetes en aquella parte los que conducían a pequeños "potreros" y al río mismo, tras una tortuosa travesía; y de estas obras del animal "matrero" se servían muchos de los que tenían cuentas pendientes con la justicia o eran víctimas de las persecuciones y los odios locales.

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