Explore "Nativa" by Eduardo Acevedo Díaz on Textopian. Read with annotations and highlights.
En la noche de ese día, Berón no durmió muy tranquilo, sin que ese desasosiego fuese ocasionado por los efectos de una herida ya cicatrizada; ni por la zozobra e incertidumbre en que mantenían su espíritu patriótico los sucesos del país, cuyo verdadero sesgo ignoraba a pesar de todas sus investigaciones y de los datos desfavorables que le había trasmitido don Luciano en sus visitas; ni por el recuerdo de sus padres por más que le mortificara con frecuencia, y a quienes había ya escrito por conducto de un capataz de "tropa", dándoles nuevas de su "excelente salud" y de las esperanzas que abrigaba de volverlos a ver pronto. Lo que lo tuvo inquieto, fue tal vez la impresión agradable recibida en su visita a las "casas", tan diferente a las que durante meses venía experimentando en su existencia errabunda, sometida a rudas pruebas y vicisitudes. Cierto es que él no se quejaba de estos sacrificios, que sentía cierto goce en haber conocido de cerca, casi en la intimidad la crudeza de la masa y cosechado algo de lo mucho que la vida enseña, y que aguardaba conforme y varonil mayores exigencias y amarguras, con la fe inquebrantable del que ama su tierra y profesa principios invencibles. Pero, este nuevo fenómeno sicológico que desviaba un tanto, apenas de producido, las preocupaciones constantes de su alma entusiasta y ardorosa, abriendo por decirlo así otro cauce a sus emociones juveniles, había sacudido todo su temperamento, rompiendo con la monotonía casi salvaje del médium, y ligádose en cierto modo con aquel amor entrañable al suelo. Explicábaselo como una recrudescencia violenta hacia los hábitos sociables, en medio de la naturaleza agreste y de la reversión de los instintos; y, prometióse seguir sus impulsos, en compensación de tantas acritudes de ánimo y soledades de corazón.
Así fue que, al día siguiente por la tarde, con un pretexto cualquiera, presentóse en la estancia vestido con su mejores prendas.