Explore "A fuego lento" by Emilio Bobadilla on Textopian. Read with annotations and highlights.
La mañana era fría y brumosa. Un atisbo de sol que pugnaba por abrirse paso al través de la neblina, arrojaba sobre el piso húmedo y pegajoso de los bulevares y las masas oscuras de los edificios una claridad incierta de crepúsculo invernal. De los árboles, que aún conservaban sus follajes, caían a manta las hojas secas y amarillas. Eran las once de la mañana y parecían las cinco.
Una muchedumbre heterogénea circulaba apresuradamente atravesando las calles atiborradas de coches, bicicletas, automóviles, ómnibus y carros. Se veían hombres de chistera y levita, con sus serviettes bajo el brazo; tipos sepulcrales de alborotadas cabezas; empleados de comercio, garcons livreurs del Louvre y el Bon Marché con sus libreas y sus tricornios de ministros en días de gala; obreros de blusa con herramientas de carpintería y cubos de pintura; obreritas con cajas de sombreros y negros líos de ropa; vendedores ambulantes con sus carretitas llenas de frutas, legumbres y flores; infelices que tiraban, jadeantes, como bestias, de diminutos vehículos cargados de baúles, muebles y sacos. Alrededor de los kioscos se paraban algunos curiosos a ver los grabados de las ilustraciones y las caricaturas obscenas de los semanarios satíricos. Escandalizaban el aire el graznar de gansos de las trompetas de los automóviles, el cascabeleo de los carros y los fiacres y el trote hueco y sonoro de los percherones de los ómnibus sobre el asfalto. Pasaban carros de todas formas y dimensiones: unos largos, como escaleras horizontales con ruedas, atestados de barricas o de barras de hierro que cogían medio bulevar; otros cuadrados, de macizas ruedas, con cantos ciclópeos, tirados por una teoría de caballos gigantescos que iban paso a paso sacudiendo el crinoso cuello.