La hermana de la caridad by Emilio Castelar

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En efecto: el dolor de la joven crecía de punto, a medida que se prolongaba la ausencia de Eduardo. Su tez morena palidecía; sus brillantes y negros ojos se tornaban mustios y opacos. Aquella imaginación tan brillante, que parecía tener más luz y más colores que la Naturaleza, se deshojaba como flor roída por los gusanos. Con un ramo de violetas secas en la mano, los ojos puestos en el horizonte, sentada bajo un árbol, y sobre una roca que daba al mar, se la veía todas las tardes mustia, llorosa, como agonizante, aterida por el frío dolor que producía la ausencia del ser que amaba.

De todas sus brillantes facultades sólo le había quedado la voz, donde aún resonaban los acentos de su alma virginal y purisíma. Su voz tenía dulces encantos aún. El dolor le daba una vibración sublime. Parecían sus acentos los últimos ecos de una lira que se rompe y exhala un gemido triste y dolorosísimo. Así, cuando en una de estas tardes de estío, en que las ondas apenas producen un pequeño rumor, levantaba su melancólico acento, el ruido de la Naturaleza era el cadencioso acompañamiento de su dolor. Pero poco a poco su salud se iba quebrantando; poco a poco su antes poderosa vida se iba extinguiendo como una lámpara moribunda.

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