La hermana de la caridad by Emilio Castelar

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Es de noche; una lámpara ilumina una estancia subterránea. La luz de la pequeña lámpara no llega al suelo; sirve sólo para aumentar la obscura lobreguez de aquel abismo. La estancia parece una cárcel. Son sus paredes gruesas. Los sillares que la componen, unidos por el tiempo y despojados de la cal, parecen sobrepuestos sin trabazón alguna unos sobre otros, y entrelazados sólo y sostenidos por la acción inevitable del tiempo.

La bóveda es bizantina, pesada. Parece que aquellas inmensas piedras que la componen van a caer sobre el pavimento, que está húmedo. No se oye en esta pequeña estancia nada que indique habitarla un ser humano. Sólo la triste lámpara da indicios de que por allí ha pasado la huella del hombre. De vez en cuando algún mochuelo, proyectando con sus negras alas una triste sombra, cruza alrededor de la luz; otras veces una siniestra lechuza aletea fuertemente para apagar aquellos moribundos resplandores. El silencio, la obscuridad, el cruzar ligero y rápido de algunas aves nocturnas, el frío húmedo que allí se siente, todo, todo es horrible, todo es espantoso. En aquella mansión la noche debe ser eterna; parece más bien un inmenso sepulcro que humana vivienda. Y, sin embargo, se oyen algunos golpes; parece un martillo. Una de las piedras del techo se abre. Aparece una tabla que va muy despacio bajando del techo. En la tabla hay un ser humano envuelto en un largo capuchón negro, con un negro y horroroso antifaz. La tabla baja hasta tocar el mismo suelo. El ser que venía tendido se levanta. Es bajo. Sus dientes rechinan de frío, tiembla y da un grito espantoso. Algunos ratones gordísimos han corrido bajo sus pies; algunos mochuelos han tocado con las finas membranas de sus alas su frente. No se atreve a andar. A poco que le miremos, conoceremos que es una mujer. Es Margarita. Allí se queda de pie la infeliz, sin atreverse a andar ni un paso. Tiembla como azogada; pero el fuego de su pasión y de su venganza la anima y la sostiene.

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