Read "La hermana de la caridad" by Emilio Castelar online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
Dejemos al Conde y convirtamos los ojos a sus víctimas, a Eduardo y Margarita. Sacáronlos a viva fuerza de la estancia, y en un coche cerrado los condujeron por el campo y por largas calles, y callejuelas, y encrucijadas, hasta dejarlos por fin en un torreón, donde les tenían preparada una honda cárcel. Los primeros días los pasaron juntos. La fiereza de Margarita se había apagado. Como todas las pasiones violentas, había perdido mucho de su fuerza. En cambio, la impasibilidad de Eduardo continuaba en su mismo ser y estado. ¡Qué cambio tan repentino en la suerte de aquellos dos desgraciados seres! Margarita, desde la altura de su posición, reina y señora de los grandes salones, modelo de la moda de Nápoles, envidia de todas las hermosas, delicia de la Corte, había caído en su prisión. Pero ¡qué prisión! El suelo era húmedo, las paredes salitrosas; el techo, abovedado, estaba cubierto de telarañas; un pequeño tragaluz dejaba pasar un resplandor mortecino, que parecía hacer más palpables y más terribles las frías y espesas sombras. Un montón de paja era todo su lecho. La monotonía del tiempo, el dolor de sus corazones, profundamente heridos, lo asqueroso del lugar, la incertidumbre de su suerte, la ignorancia misma de los medios por que habían sido aprehendidos y conducidos a tan estrecho y angustioso lugar, todo desesperaba, afligía imponderablemente sus corazones. Allí recordaba Margarita aquellos días de triunfo, en que a las orillas del mar paseaba rodeada de innumerable cortejo de aduladores, amantes más o menos fingidos; allí recordaba aquellas noches de estío, en que sus jardines se tornaban en un paraíso, y mil luminarias lucían entrelazadas en las ramas, y todo era contento y alegría.
Allí recordaba sus paseos por el mar, a la luz de la luna, en una góndola iluminada, oyendo el cántico del gondolero, que repetía en son cadencioso y armoniosísimo algunos versos del Dante, algunas amorosas endechas de Petrarca; allí, en fin, se retrataba a sus ojos toda su vida pasada, toda su extinguida felicidad. ¿Quién la había de decir que tan pronto la abandonaría la fortuna? ¿Quién podía creer que sus días de felicidad se habían de deshojar como una rosa que se lleva el viento? ¿Quién que desde sus palacios encantados había de caer ella, tan envidiada, en el fondo de un calabozo obscuro y sin aire? ¡Tremenda desgracia, acaso la más cruel de las desgracias que puede imaginar el genio humano, tan fecundo en idear tormentos! Las primeras horas de los dos esposos fueron de asombro. Las emociones por que habían pasado no les dejaban tiempo para pensar en el cambio de su suerte. Aquellas mil fantasmagorías, aquellas ceremonias, aquellos no imaginables peligros, aquella aparición fantástica del Conde, aquella desaparición no menos fantástica de los conjurados, los insultos que mediaron, la sangre vertida, los jueces, las amenazas, los malos tratamientos, su soledad por algunos instantes, los esbirros que los ataron, el negro y triste coche en que fueron encerrados y en que temieron ahogarse; la prisión, aquella prisión sin aire para respirar, sin luz para ver; todo aquello, tan inexplicable, era como una pesadilla a sus ojos, como un sueño que pretendían sacudir, que pretendían desvanecer inútilmente.