Read "La hermana de la caridad" by Emilio Castelar online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
La noticia de la sentencia de Eduardo y Margarita y de su triste suerte, se esparció bien pronto por todo Nápoles.
Por una de esas reacciones tan frecuentes en el espíritu público, todos lamentaron su desgracia, todos compadecieron á aquellos dos jóvenes próximos á hundirse, con sobra de vida, en los abismos de la eternidad. La pena de muerte concluye siempre por rodear de cierta aureola á sus víctimas. El hombre conoce que desde el punto en que el criminal ha pasado los dinteles de la eternidad, su juicio pertenece á Dios, y parece como que quiere dulcificar la tremenda pena, lavando con torrentes de lágrimas y de compasión la sangre vertida en el cadalso. Y, en efecto, la sociedad se olvida del crimen para compadecer al criminal, hasta que, cuando ha caído la fatal cuchilla, cuando la sangre se ha borrado, cuando los restos del infeliz han sido depositados en la tierra, la conciencia pública se olvida del criminal y del crimen. Yo lo creo firmemente: un criminal ajusticiado parece una víctima digna de compasión, mientras un criminal sufriendo su digno castigo será siempre un remordimiento que avise á la conciencia pública de lo horrible y triste que es el crimen.