Read "La hermana de la caridad" by Emilio Castelar online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
Un delirio horrible sobrecogió á Margarita. Su frente ardía, su corazón latía con fuerza, sus ojos le saltaban de las órbitas, su respiración era fatigosísima y cansada. No podía sostenerse de pie; no podía estar en su lecho. Su idea de venganza, su idea de inmolar á Angela, aun la sostenía. Esta idea y la del suicidio vagaban juntas en su alma. No quería irse a la otra vida sin llevarse en pos de sí una víctima. Sabía que una Hermana de la Caridad puede renunciar á sus votos y se imaginaba que, muerta ella, Angela y Eduardo podían ser felices. Así es que mil veces había pensado en la muerte, porque su vida no le parecía llevadera, y nunca se había decidido. En el instante en que nos encontramos pareció animada de una resolución suprema; se levantó de su lecho y se puso sus rasgadas vestiduras.
El delirio de la infeliz Margarita fué siempre creciendo. En vano trajo algunos alimentos para saciar su hambre la próvida María, en vano. Margarita ya no acariciaba más que dos ideas: su muerte, la muerte de Angela. De nada le había servido la gran enseñanza del infortunio, ese maestro de la vida. De nada el verse pobre, aterida de frío, abandonada en aquella obscurísima y triste madriguera. Todo había sido en vano. Ni el hambre, ni la pobreza, ni la desgracia habían podido mudar aquel carácter vengativo y tenaz, aquella inclinación al crimen. Y, sin embargo, ¡qué lecciones le había dado tan terribles la Providencia, qué lecciones! Ella, ansiosa de poder, se veía en la miseria. Todo esto necesariamente exaltaba su carácter, de suyo exaltado y entusiasta.