Read "La hermana de la caridad" by Emilio Castelar online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
Era el anochecer. El mar Mediterráneo rugía, como nunca, embravecido. Las olas, alteradas por el viento, se encrespaban y rugían, abriendo profundos abismos, pavorosos, tristes. El cielo cargado de nubes, aquel cielo tan hermoso, sólo inspiraba triste desconsuelo. Los marineros de un navío que se encontraba surto en el puerto de Nápoles se apercibían, sin embargo, á darse á la vela. En la orilla se ofrecía un espectáculo aún más triste. Una gran muchedumbre de gente, á juzgar por sus trajes pobre y desvalida, gritaba, llenaba con tristes lamentos el aire. En medio de aquella muchedumbre se veían varias Hermanas de la Caridad llorosas y tristes, y en el centro del semicírculo que estas Hermanas de la Caridad formaban, se veía á Angela, teniendo en sus brazos, medio desmayada, á una mujer vestida de negro, que era Margarita. Ésta había transformado completamente su vida, y hasta su naturaleza. A su antigua pasión había sucedido la calma; á sus vicios, la virtud. Su soberbia se había convertido en humildad, sus dudas en fe; sus celos y recelos por Angela, en una confianza completa. El bálsamo de compasión y caridad que Angela derramara en su corazón curó todas sus heridas, restañó su sangre.
Margarita, confiando en Dios, se entregó á una vida de privaciones, si triste, serena y tranquila. Recordó antiguas habilidades femeniles, ya casi olvidadas, y este recuerdo le valió para ganarse, aunque miserablemente, el sustento. Y en la práctica de la virtud y en el trabajo pasaba aquélla su pobre vida, antes entregada al vicio. Angela amaba en Margarita lo que el artista ama en su obra. Ella había sacado aquella alma obscurecida del seno de las tinieblas, y la había remontado al cielo. Ella había vertido el aroma de la virtud allí donde sólo existiera antes la ponzoña del vicio. Ella, en fin, había transfigurado con el rayo de luz de su conciencia el espíritu entristecido y obscuro de aquella infeliz mujer. Margarita sentía la partida de Angela como si se ocultara la única luz de su vida. Temía zozobrar abandonada á su corazón. Angela no la ocultaba que á su ardiente caridad unía el deseo de encontrar á Eduardo en los arenales de Africa, y de recordarle sus deberes domésticos.