Ricardo by Emilio Castelar

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Al día siguiente, mientras Jaime reposaba después de penosa noche, trabajada por la fiebre y por el delirio en el primer sueño a fuerza de cuidados y de medicinas conseguido, Ricardo se iba un momento a vecina casa para concluir de arreglar un matrimonio desarreglado a causa de esas desavenencias tan frecuentes en algunas familias, y tan dolorosas para aquel corazón que no podía soportar el espectáculo de los ajenos dolores sin socorrerlos y consolarlos. En el camino hablaba consigo mismo, y decía:

-Después que hemos recorrido el mundo y gustado sus amarguras, y visto sus desengaños, y probado cómo la gloria sabe a cenizas, cómo el poder suena a hueco, cómo la ambición jamás encuentra satisfacciones a la altura del deseo, nos recogemos en nosotros mismos, y adivinamos que todas las nobles aspiraciones anhelosas por lo infinito se abrevian y se reducen al nido del hogar donde finalmente encuentra el alma desasosegada la verdadera ventura posible en este mundo. De suerte, que ni pienses en recoger, como Prometeo, la lumbre del sol; no hay lumbre como el amable fuego de un hogar bien provisto: ni te armes como los dioses antiguos del rayo que hierve en las nubes; no hay rayo como el reflejo de una mirada amorosa: ni pasees la imaginación por los espacios infinitos e inconmensurables; no hay espacio como la santa casa donde te acuerdas de tus padres y donde esperas del legítimo amor la venida de los hijos; ni te sumerjas en los embates y en los oleajes alterados de las pasiones; no hay pasión como aquella que jamás cansa ni hastía, y que en espacio brevísimo resume y compendia la vida entera, y se dilata hasta la eternidad; ni te afanes por el arte y por sus inspiraciones, porque no hay poesía, ni arte, ni inspiración, como la que exhala aquella religión purísima que se llama la religión de la familia y el culto a sus dulces y profundos sentimientos. La humanidad es un objeto demasiado colosal para que nosotros podamos conseguir, no ya su felicidad, pero ni siquiera su mejoramiento, mientras una débil esposa puede ser feliz en el nido de nuestros amores, y bajo las tenues alas y el pobre calor de nuestro corazón. Dediquémonos, pues, a hacer la felicidad de esos seres, y mientras no podamos conseguirlo para nosotros mismos porque no llame la pasión a nuestro pecho, sembremos la felicidad doméstica, imposibilitados como estamos de sembrar por lo escaso de nuestras fuerzas y lo grande del objeto, la pública felicidad.

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