Read "Ricardo" by Emilio Castelar online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
La casa de Ricardo era en efecto la tumba de su madre. No había más que acercarse a su gabinete para convencerse de que vivía Carolina en brazos de la muerte. El suelo estaba alfombrado de palio negro; las paredes tapizadas de negra bayeta; las ventanas cubiertas de cortinas igualmente fúnebres; sobre las mesas veíanse siempre-vivas, violetas, cruces, libros de rezo, en tal manera, que parecía encerrada aquella mujer en triste catafalco cual si asistiera a sus propios funerales, y celebrara sus propias exequias. Un largo trajo de merino negro, sencillo en demasía, pero ajustado a su elegantísimo cuerpo, la amortajaba entre sus anchos pliegues; una toquilla negra cubría su cabeza peinada con la sencillez correspondiente a su tocado, pero con limpísimo esmero. Como el rostro, a pesar de su demacración, no había perdido la hermosura; como los ojos, a pesar de su fiebre, no habían perdido el poder; como el cuerpo, a pesar de sus maceraciones o de sus dolores, no había perdido la esbeltez; semejábase a una imagen de la penitencia trazada por artista, cuya hábil mano tuviese empeño en asociar al dolor acerbo la perfecta hermosura.
A veces solía abandonarse por completo a la desesperación, cuya fuerza no se aminoraba jamás en aquellos sus agitados nervios, y en aquella su vivísima sensibilidad. Entonces la palidez de la muerte caía como una sombra con matices entre verdes y amarillos sobre sus hermosas facciones; copioso sudor producido por la extrema debilidad y el pertinaz desmayo bañaba su cuerpo; la postración la rendía hasta el punto de no poder estar de pie; y la razón se escapaba de su inteligencia como si sólo quedaran ya en aquel organismo medio roto, pavesas de la vida, crepúsculos del alma; y en aquella alma medio extinta la capacidad necesaria al sufrimiento. Y como jamás podrá el dolor tener esta exaltación continuamente, ni revolcarse en estos espasmos de violencia, habíanse acostumbrado sus ojos y sus facciones a una contracción casi perpetua, reveladora de contrariedad casi continua. Sus largos párpados se entornaban como al peso de sueño incontrastable; su cabeza se caía sobre el pecho como la flor marchita inclinándose sobre el tallo; las mejillas mostraban surcos hondísimos de esos que deja el pensamiento con sus hondas tristezas; la frente mostraba arrugas numerosas; y los extremos de los labios una dejadez tan irremediable y tan duradera como la de aquellos que han dejado la vida. No respiraba; suspiraba. Y cuando sobre aquel suspiro quería poner algo más doloroso todavía, no suspiraba en verdad; amargamente sollozaba. En la frecuencia con que se llevaba la mano a la garganta, veíase que la anudaba una pena terrible.