Read "Ricardo" by Emilio Castelar online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
Desde la noche del baile Ricardo experimentó su corazón y lo observó profundamente; y de estas observaciones y estas experiencias dedujo, no por silogismos, por sentimientos, una inflexible consecuencia; que su vida dependía completamente de la vida de Elena. Sobre todas sus vocaciones se levantaba ésta en pocas palabras resumida: amar y ser amado. Sin que su gran corazón se disminuyera un punto, sin que le faltaran aquellos impulsos generosos y aquellos movimientos heroicos a su naturaleza congénitos, comprendía que el nuevo afecto nacido en él, elevaba todo cuanto era y todo cuanto hacía en este mundo a culto religioso por una sola persona, a cuyos pies ofrecía como sagrada ofrenda todas sus virtudes. Hasta aquellos días caminó a ciegas por el mundo sin tener a quien consagrar sus pensamientos ni de quien recibir inspiraciones. Desde entonces, todo ensueño poético de su alma tenía una Musa que lo idealizara, todo combate por el bien tenía una dama que lo bendijera. Su alma había sido hasta aquel momento vasto cielo iluminado por una luz sin calor.
Desde esta trasformación la pasión de las pasiones pone en todo su ser y en todos sus actos ese fuego vivaz suyo que es el fuego creador de la vida. Pero ¿iba o no a ser correspondido? Esta pregunta le conturbaba en términos que destruía todos sus proyectos y disipaba todos sus ensueños de felicidad. Modesto por excelencia, no encontraba en sí méritos bastantes a despertar una pasión. Si se miraba al espejo, como suelen los enamorados, encontrábase vulgar; si se miraba a la conciencia, encontrábase sin ninguna de esas cualidades amables que inspiran fácil amor. Encerrado en ciertas esferas de la vida donde sólo reinara una serenísima virtud mezclada a un profundo dolor, quizá no tenía ninguna de las prendas que dan a la juventud todo su encanto. Cuando tal idea le asaltaba, hubiera dado su existencia por ser uno de estos jóvenes a la moda, de sociedad, hábil en los ejercicios del canto y del baile, instruido en los secretos de los salones, elegante en su vestir y en sus maneras, capaz de encadenar con una sola mirada aquella hermosa joven, la cual sin duda alguna en los viajes había adquirido esa ligereza que da el cambio de escenario, de tratos, de costumbres y de vida en la continua renovación de un continuo movimiento. El inocente no se comprendía a sí mismo, y por consecuencia no comprendía tampoco que su varonil hermosura, sus ojos llenos de inspiraciones, su frente elevada en cuyos espacios se elevaba como un sol luminoso la inteligencia, su gran corazón revelado en frecuentes actos heroicos y hasta sublimes, la comunicativa elocuencia de sus palabras, el calor irradiante de sus ideas bastaban para inspirar una gran pasión de esas que llenan toda una existencia, que sobreviven a la acción demoledora del tiempo y a los cambios y a las trasformaciones del mundo, que se creen por su virtud y por su fuerza inaccesibles a la misma muerte.