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Mientras pasaba la anterior escena departían la condesa y su tío con varias señoras y señores que fueron de visita. La conversación allí no tenía los peligros que en presencia de Ricardo, y el viejo se despachaba a su gusto sin temor ninguno a las reconvenciones y a las advertencias.
Enamorado de sus primeros años, no se podía hablar de ningún asunto que él no relacionase con los recuerdos de su memoria y con los afectos de su pasada vida. Una señorita habló del teatro y de lo fastidioso que era en verano cuando todo Madrid está en baños, y las buenas compañías en vacaciones, y los cómicos de la legua sólo presentes o los titiriteros del Circo de Price, para ofrecer por todo espectáculo saltos siempre iguales o decoraciones y comparsas bastantes a distraer la vista unos minutos y dejar el corazón sumido en la mayor indiferencia. En cuanto oyó estas observaciones dijo el marqués lo siguiente: