Explore "El cuento del caballero" by Geoffrey Chaucer on Textopian. Read with annotations and highlights.
Cuando Arcite llegó a Tebas, repetidas veces caía desmayado o se ponía a gritar, pues nunca más podría ver a su dama. Su angustia era tan grande, que tal vez ninguna criatura viviente ha sufrido tanto o es probable que sufra mientras el mundo exista. Privado del sueño, alimento y bebida, Arcite se quedó delgado y seco como un palo; sus ojos se hundieron en sus cuencas y adquirieron un aspecto cadavérico; su cara y tez se iban volviendo cetrinas y lívidas. Andaba siempre solo, lamentando sus males durante toda la noche y rompiendo a llorar de modo incontenible en cuanto percibía el son de la música o de una canción. Su espíritu se debilitó de tal manera y él mismo sufrió un cambio tan grande, que nadie reconocía su voz o modo de hablar. En cuanto a su conducta, andaba por todas partes como si sufriera no una simple nostalgia de amor, sino una verdadera manía engendrada por algún humor melancólico dentro de su frente, donde la imaginación tiene su asiento. En pocas palabras, el comportamiento y carácter del príncipe Arcite, el angustiado amante, habían cambiado por completo.
Pero no es preciso que pase todo el día describiendo sus sufrimientos. Había ya padecido esta cruel angustia y tormento durante un año o dos en Tebas (su país natal, como dije). Una noche, mientras se acostaba para dormir, creyó ver ante él al alado dios Mercurio, que le hablaba para animarle. El dios tenía en su mano, en posición vertical, la vara con la que imparte sueño, y llevaba un casco encima de su lustroso cabello. Permitidme que haga observar aquí que el dios iba vestido como cuando adormeció a Argos.