La hora de todos y la fortuna con seso by Francisco de Quevedo y Villegas

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El caballo de Nápoles, a quien algunos han hurtado la cebada, otros ayudado a comer la paja, algunos le han hecho rocín, otros posta azotándole, otros yegua, viendo que en poder del Duque de Osuna, incomparable virrey, invencible capitán general, juntó pareja con el famoso y leal caballo que es timbre de sus armas, y que le enjaezó con las granas de las dos mahonas‘de Venecia y con el tesoro de la nave de Brindis; que le hizo caballo marino con tantas y tan gloriosas batallas navales, que le dio verde en Chipre y de beber en el Tenedo, cuando se trujo a las ancas la nave poderosa de la Sultana y de Salónique, para que le almohazase al capitán de aquellas galeras con su capitana, por lo cual Neptuno le reconoció por su primogénito, el que produjo en competencia de Minerva; acordábase que el grande Girón le había hecho gastar por herraduras las medias lunas del turco, y que con ellas fueron sus coces sacamuelas de los leones venecianos en la prodigiosa batalla sobre Raguza, donde, con quince velas, les desbarató ochenta, obligándolos a retirarse vergonzosamente, con pérdida de muchas galeras y galeazas, y de la mayor y mejor parte de la gente. Cuando se acordaba destos triunfos, se vía sin manta y con mataduras y muermo, que le procedía de plumas de gallina que le echaban en el pesebre. Víase ocupado en tirar un coche quien fue tan áspero, que nunca supieron, con ser buenos bridones, los franceses tenerse encima dél, habiéndolo intentado muchas veces. Ocasionóle el miserable estado en que se vía tal tristeza y desesperación, que, enfurecido y relinchando clarines y resollando fuego, quiso ser caballo de Troya, y, a corcovos y manotadas, asolar la ciudad. Al ruido entraron los sexos de Nápoles, y, arrojándole una toga en la cara, le taparon los ojos, y con halagos, hablándole calabrés cerrado, le pusieron maneotas y cabestro. Y estándole atando a un aldabón del establo, cógelos la hora, y dos de los sexos dijeron que convenía y era más barato dar a Roma de una vez el caballo que cada año una hacanea con dote, y quitarse de ruidos, pues, según le miraban, se podía temer que le matasen de ojo los nepotes. A esto, demudados, respondieron los otros que el rey de España le aseguraba de tal enfermedad con tres castillos, que le tenía puestos en la frente por texón, y que primero le cortarían las piernas que verle servir de mula y escondido en hopalandas. Los dos replicaron que parecía lenguaje de herejes no querer ser papistas, y que ninguna silla le podía estar tan bien como la de San Pedro. A esto dijeron coléricos los demás que, para que los herejes no hiciesen al Pontífice perder los estribos en aquella silla, convenía que sólo el rey de España se sirviese deste caballo.

Unos decían bonete; otros, corona, y de una palabra en otra, se envedijaron de suerte, que si no entra el electo del pueblo, se hacen pedazos. El cual, sabiendo dellos la ocasión de la pendencia, les dijo:

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